sábado, 23 de diciembre de 2017

TEXTOS DE CIUDAD DE LOS CÉSARES

DE  ALASKA  A  TIERRA  DEL FUEGO




el presidente uruguayo expresó su satisfacción: George Bush sabe donde queda su país (el de aquél, no el de éste) en el mapa; "nos comprende y respeta", agrego (El Mercurio, 16 dic., p. D 15). En términos si no parecidos en la forma, si equivalentes en el fondo, se expresaron todos los gobernantes latinoamericanos que recibieron la ilustre visita en los primeros días de diciembre. Carlos Saúl Menem, avergonzado por el motín de los carapintadas, aseguró al presidente norteamericano que lo aplastaría antes de que él arribase; y luego insistió en que los soldados argentinos en el golfo Pérsico entraran efectivamente en combate. En Chile, Patricio Aylwin rindió cuenta del retorno a la democracia. No obstante, fue Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, el que mereció el título de "mi gran amigo" y su país, el de "amigo muy fiel". Es verdad: pese a los esfuerzos, no todos pueden estar a la misma altura.
De esta manera, ha culminado una nueva fase en la historia de las relaciones entre EE.UU. y América hispánica. Como sus antecesores, George Bush ha improvisado una política resumida en un slogan: como ayer fue la del "Buen Vecino", o la "Alianza para el Progreso", hoy es la "Iniciativa de las Américas". En verdad, como en otras ocasiones, el nombre pomposo puede encubrir la falta de contenido, esto es, la falta de una política que no sea la mera mantención de una hegemonía que se suele dar por supuesta; lo intereses más apremiantes de EE.UU. están en otra parte. "No creemos que esa relevancia (de América Latina) esté suficientemente reflejada en los programas y políticas de Washington, en nuestra prensa y en nuestro sistema educacional", apuntó, significativamente, David Rockefeller, presidente del "Consejo de las Américas" –organismo de fachada que coordina a las trasnacionales que operan en nuestro continente- y una de las figuras próceres del mundialismo (Trilateral Commission, etc.). De la conferencia de prensa ofrecida por Bush en la casa de Aylwin se observó que "parecía un encuentro en la Casa Blanca, con algunos invitados chilenos", porque todas las preguntas de los numerosos periodistas norteamericanos se referían a la crisis del Golfo Pérsico, y no a Chile ni a América (El Mercurio, 9 de dic. p. D 6). Desde este punto de vista, pues, quizás no habría que tomar muy en serio la "Iniciativa de las Américas". Sin embargo, hay que reparar también en el énfasis de Bush, ahora que EE.UU. no tiene un rival de su talla al frente y que parece estar más cerca que nunca antes del "gobierno mundial". La "Buena Vecindad" rooseveltiana suponía naciones soberanas –al menos en teoría- que coexistían amistosamente. El actual presidente norteamericano ha hablado de plena integración, "de Alaska a Tierra del Fuego". Integración esencialmente económica –las Américas, "socias iguales" en una zona de libre mercado-, pero también política: el "primer hemisferio totalmente democrático".
Por cierto, la invocación al libre comercio y a la democracia pertenecen al arsenal ideológico de Washington desde siempre (cf. "Caliban contra Ariel. Crónica de los hechos del imperialismo yanqui contra América", CC N° 12). Del mismo modo, es vieja la repetición de estas consignas por las clases dirigentes de nuestra América. Pero ahora resuenan de modo diferente, en este clima de mundialismo totalízante.
Es la democracia, no como un sistema político más entre otros posibles, sino como régimen final de la Historia, lo que se nos propone. Es el mercado como crisol de estados, pueblos y razas, y la economía como único destino del hombre. Es la ideología de los "derechos humanos" como moral universal, en este "nuevo orden del mundo" a que ha aludido el propio Bush. La integración de "las Américas" en un solo mercado, con una sola fe laica, es parte del nuevo orden mundial, y un paso hacia él.
En tal clima ideológico se comprende la breve y triunfal gira latinoamericana de George Bush. Respecto de Chile, no sólo el gobierno de Washington no tuvo necesidad de hacer algunas concesiones amistosas –ni indemnización a los productores afectados por el sabotaje a la uva chilena, el año pasado, ni levantamiento de la "Enmienda Kennedy"-, sino que, por el contrario, pudo exigir concesiones del gobierno chileno con anterioridad a la visita presidencial: "el Secretario de Legislación de la Presidencia, Pedro Correa, recibió la orden presidencial de redactar un veto a la ley de propiedad industrial que había aprobado el Congreso (y que contrariaba los intereses de la industria farmacéutica norteamericana)... Los parlamentarios opositores casi no daban crédito a lo que veían sus ojos. Les parecía una actitud indigna llegar al punto de entrometerse en las decisiones legislativas producto de las presiones de Estados Unidos" (sic. El Mercurio 2 dic., p. D 1). Con todo, la clase política chilena se mostró unánime a la hora de rendir pleitesía al visitante. Los socialistas  –"¡quién los vio y quién los ve!"- se apresuraron a darle la bienvenida, y su principal personero, el ministro de Educación, censuró duramente las manifestaciones estudiantiles adversas; la UDI –sedicente "único partido de oposición real"- había anunciado su intención de boicotear la sesión del Congreso Pleno en que se recibiría a Bush, pero, al final, se sometió. Unos pocos diputados de distintos partidos protestaron porque el equipo de seguridad yanqui registró con perros el Salón de Honor, pero nada más. Es justo reconocer que la nota más digna la puso el Presidente del Senado, Gabriel Valdés, quien advirtió en su discurso de recepción a su huésped: "los intereses de América Latina y los de los Estados Unidos no son simétricos". En cuanto a las Fuerzas Armadas, el Ejercito ha sido jaqueado en una serie de jugadas habilísimas y tiene en este momento más domésticas preocupaciones; en el caso específico, el general Pinochet se mostró muy honrado porque Bush le estrechó la mano y reconoció que fue él, en su gobierno, quien inició las políticas de liberalización del mercado ahora celebradas; mientras que el Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea opinó que el levantamiento de la "Enmienda Kennedy" permitiría adquirir material aéreo moderno.
Hemos dicho "gira triunfal", pero, a decir verdad, sólo lo fue entre los dirigientes hispanoamericanos. En ningún momento, ni en Santiago, ni en Buenos Aires ni en Caracas, Bush pudo estar en contacto con las poblaciones. Como en el Próxirmo Oriente, cuenta con los gobiernos mas no con los pueblos. Los repudios populares en tiempos de Eisenhower, de Kennedy o de Nixon eran más masivos, también es verdad; la "despolitización" promovida por los centros de poder mundiales, el ambiente soft de esta "post-modernidad", han hecho lo suyo. Hay que saludar, pues, en esos estudiantes santiaguinos o caraqueños, como en esos parlamentarios argentinos que se negaron a prestar homenaje al visitante, a verdaderos defensores –aun si inconscientes o incoherentes- de la dignidad americana.




Pero, por otra parte, ¿que más podían hacer los gobernantes de América Latina? ¿Acaso no era y no es una necesidad de Realpolitik contar con la presencia norteamericana y, en consecuencia, recibir con los honores debidos a su máximo representante? ¿No es ello normal en las relaciones entre estados? Sí, seguramente, mas en todo hay una medida. Un Carlos Ibáñez mantuvo el Pacto de Ayuda Militar con EE.UU. que, como candidato, había anunciado que rescindiría; un Jorge Alessandri se vio obligado a romper relaciones con Cuba, siguiendo directrices de Washington: obligaciones de una Realpolitik, sin duda; con todo, aquellos gobernantes mostraron en general mayor independencia que los actuales. Otra época, desde luego. Aun así, ¿era necesario que estos gobernantes se apresuraran a respaldar a EE.UU. –con moderación, en el caso de Aylwin; hasta el desenfreno, en el de Menem- frente a Irak, cuando aún hay tropas de ocupación norteamericanas en Panamá? Si el interés nacional puede aconsejar recibir la visita del Presidente de los Estados Unidos, no parece que obligue a seguirlo en sus aventuras bélicas ni a mostrar la obsecuencia que tantos mostraron aun en asuntos internos.
Por supuesto, una política exterior verdaderamente independiente –digamos mejor: un Estado verdaderamente independiente- requiere del concierto entre las naciones latinoamericanas. Un acuerdo entre los gobiernos, por ejemplo, ante la visita de Bush, no hubiera sido imposible ni pertenece al terreno de las utopías. Para ello se necesita, claro está, la voluntad real de los estadistas y de las clases políticas. Pero una América que quiere existir solamente en el plano de la economía y del folklore, en las utopías regresivas y en las utopías "post-modernistas"; una América que no quiere Ejércitos ni Estados, sólo "seres humanos" en amorosa predisposición hacia los extraños, una América así no está preparada para ser libre. Entretanto, vayan nuestras simpatías hacia esos obscuros policías panameños que, amotinados contra el presidente impuesto Endara, tuvieron el honor de ser reducidos por las propias tropas yanquis. Que sea ése anticipo de mayores y más afortunados combates.


E.R.*

*Erwin Robertson. Publicado en Ciudad de los Césares N° 16, Enero/Febrero 1991.





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