jueves, 18 de abril de 2013

Lanzamiento




LANZAMIENTO  DE

CIUDAD DE LOS CÉSARES N° 99

Marzo / Junio de 2013


SÁBADO 20 DE ABRIL, 11.30 / 14 HORAS


CLUB ALEMÁN – Salón Prusiano

Salvador Donoso 1337

VALPARAÍSO








Texto



PACÍFICO MAGAZINE:
POLÍTICA Y CULTURA ALTERNATIVAS

A COMIENZOS DEL SIGLO XX


La Guerra de Sudamérica contra el Norte. Un poco conocido cuento de anticipación de Alberto Edwards” fue el  título de un artículo publicado hace ya algunos años en Ciudad de los Césares (N° 24, mayo/junio’92). Se trataba de “Julio Téllez”, obra de ficción del notable historiador, que imaginaba un conflicto armado entre una América del Sur confederada y Estados Unidos,  y que se publicó en la revista Pacífico Magazine (1913). De esta revista chilena que circuló entre 1913 y 1921, bajo la dirección (compartida) del propio Edwards, queremos hablar algo más en esta ocasión.



Alberto Edwards Vives (1873-1932) es considerado el mayor intérprete histórico del siglo XIX chileno, en particular a través de su obra La Fronda Aristocrática (1928). El recordado Mario Góngora lo llamó “el gran dilettante que con más riqueza de visión ha esbozado la historia de nuestro pasado republicano”, tomando la voz dilettante en el sentido no necesariamente negativo en que la usó el historiador Friedrich Meinecke, aunque aun en este sentido se ha discutido su propiedad (Adolfo Ibáñez). El autor de La Fronda fue también lo que hoy se llamaría un cientista político, un sociólogo y un experto en materias de hacienda pública y de estadística, además de parlamentario y ministro de Estado y –por otra vertiente- escritor, autor de cuentos policiales (dio vida a “Román Calvo, el Sherlock Holmes chileno”), de anticipación, de costumbres, etc. Junto al escritor Joaquín Díaz Garcés editó entre los años señalados la  mentada Pacífico Magazine, seguramente en su época la más “moderna” de las revistas chilenas. Díaz Garcés (1877-1921), por su parte, es conocido sobre todo por sus cuentos, algunos recogidos en Páginas chilenas (1907), y en los que cultivó, como Edwards, gran variedad de temas: el cuadro de costumbres urbanas, los cuentos de bandidos, los relatos de ambiente histórico (la Colonia, la Guerra de la Independencia, etc.). Periodista, contribuyó a la fundación de El Mercurio de Santiago (1900) y de Las Últimas Noticias, también de la capital, diarios de los que fue director; también creó la revista “de sociedad” Zig-Zag. Fue asimismo diplomático y director de la Escuela de Bellas Artes.
Los dos editores de PM integran, pues,  la llamada Generación del Centenario, junto a hombres como el economista Guillermo Subercaseaux, el historiador Francisco Antonio Encina, el educador Luis Galdames, o Nicolás Palacios, el autor de Raza Chilena.  Caracterizaron a esta generación las inquietudes nacionalistas y reformistas en variados órdenes, en una época en que se percibía en el país una “crisis moral” (Enrique MacIver) no menos que política, social y económica. Entre las proposiciones de esos autores están el proteccionismo económico y el fomento de la industria y de la marina mercante nacionales, la participación dominante de capital chileno en la explotación de las riquezas básicas (salitre, en la época),  políticas sociales enérgicas, especialmente sanitarias y educacionales, y también el reforzamiento del Poder Ejecutivo, para poner fin a la que el propio Edwards definió como “suave anarquía de salón”, el juego parlamentario oligárquico en la que todos los partidos chilenos se veían entrampados. Frente al doctrinarismo liberal, reducido por entonces al anticlericalismo, un realismo “sociológico” animaba a la joven generación. Parte de ésta vio sus aspiraciones plasmadas en el Partido Nacionalista (1913-20), que –lejos de ser “conservador”, por lo demás- fue en ese momento sin duda el más avanzado de los partidos chilenos (cf. “Nacionalismo, tradicionalismo, conservantismo”, CC 31, julio/oct. ’93;  “El primer nacionalismo chileno”, I Encuentro de la América Románica de Política y Cultura Alternativas, CC 45, Otoño ’97).
Eran dos figuras señeras de la nueva generación las que emprendían, así, la 
publicación de PM, en calidad de “directores-propietarios”, aunque parece claro que la orientación política era de Edwards, quien escribía además buena parte de las páginas, con o sin su propio nombre. Aparte de sus cuentos, Díaz solía escribir artículos humorísticos, bajo el pseudónimo 
Ángel Pino. Desde luego PM no era una revista marginal: bien impresa (sólo después de la Guerra europea tuvo que renunciar al papel couché), ilustrada y con fotografías, usualmente reproduciendo a todo color en sus portadas algunas obras de pintores de la época, contaba con varias páginas de anuncios económicos, entre ellos los de algunos bancos y casas comerciales. En una época en que la política era asunto de caballeros, es claro que la iniciativa de Edwards y de Díaz contaba con algún respaldo en los círculos sociales dominantes. No se piense que PM era una publicación “nacionalista” en el sentido que esta idea ha tenido después en Chile. Ni dominaban en ella los temas políticos que, con todo, tenían su lugar. De manera significativa, el primer número de PM (enero de 1913) esbozaba en su comentario editorial –presumiblemente debido a Edwards- la situación general del país (“Chile en 1912”): allí apuntaba la necesidad de la reforma electoral, de un gobierno parlamentario sólido, de una legislación sanitaria; denunciaba la desorganización del ejército, criticaba  la influencia de los ideólogos en la vida política, y concluía preguntando para afirmar:



¿Por qué agoniza nuestra marina mercante antes tan floreciente? ¿Por qué mientras las playas insalubres de la América tropical se han convertido en países sanos, penetra en el nuestro la fiebre amarilla, y conservamos un índice de mortalidad comparable tan sólo al de los fatídicos pantanos del Ganges? ¿Por qué no somos capaces de resolver (...) los problemas internacionales pendientes? (...) ¿Por qué, en fin, ningún problema se resuelve, ninguna institución se mejora, no se reforma ningún resorte político o administrativo? –Porque falta el instrumento. Tales trabajos necesitan de uno, y se llama gobierno. Forjar ese instrumento indispensable del progreso social, es la nueva necesidad política. Bienaventurados los hombres y los partidos que sepan llenarla.



Lo cual es ya todo un programa de acción política. Mas PM es sobre todo una publicación cultural: en ella se encuentran cuentos de los dos editores, desde luego, entre los cuales estaban el “Julio Téllez” y las andanzas de Román Calvo, ya citados; y también colaboraciones de jóvenes escritores y poetas que adquirirían nombradía en Chile: Fernando Santiván, Augusto d’Halmar, Daniel de la Vega, Manuel Magallanes Moure, Eduardo Barrios, Hernán Díaz Arrieta..., además de reproducciones de autores extranjeros, de Poe a Villiers de l’Isle-Adam, a Wilde y Conan Doyle. Como en literatura, en arte las preferencias de la revista estaban por los valores consagrados ya en la generación anterior (Puvis de Chavannes, Sorolla o Rodin), mientras que publicaba una crónica llena de dudas sobre la contemporánea pintura futurista; mas al mismo tiempo celebraba a artistas chilenos que triunfaban (el pintor A. Valenzuela Llanos o la escultora Rebeca Matte). Del mismo modo, podía destacar la representación del Parsifal en Bayreuth o a una pianista nacional de mérito, la joven Rosita Renard. Alcanzaron también notoriedad jóvenes artistas que solían ilustrar sus páginas, el pintor Pedro Subercaseaux o el dibujante Coke. En verdad, PM se proponía “levantar en alto todos los ejemplares de la raza chilena” que sobresalían en distintos campos, como decía a propósito de uno de los mártires de la aviación nacional, el piloto Luis Acevedo (rendía homenaje también a otro de ellos, el teniente Alejandro Bello). Asimismo en la revista se publicaban entrevistas o semblanzas de figuras mayores como “el mejor historiador (chileno) viviente”, el arzobispo Crescente Errázuriz, Gonzalo Bulnes, el historiador de la Guerra del Pacífico, o el bibliógrafo José Toribio Medina. A ellos se aproximaban los jóvenes con admiración y algo de reverencia y piedad patriótica, como a compatriotas tales que –seguramente pensaba PM- ya no los había en las nuevas generaciones. La presentación del arzobispo Errázuriz era característica:

Merece un retrato de Velásquez, por el carácter acentuado de su fisonomía, por el vigor de su mirada, por la pura raza española de la mejor época de España que respira su figura de prelado del siglo XVII (...). En nuestras  tierras se encuentran aún esos tipos de españoles que hacen venerar la madre patria, y que se encuentran tan raramente en ella.



Mas igualmente se podía leer una entrevista al escritor peruano Ricardo Palma, de quien se decía que no recibía a chilenos (por la pérdida de su biblioteca  en la entrada de las tropas chilenas en Lima en 1881), hecha por el poeta Jorge Hübner Bezanilla. Los horizontes culturales de PM eran evidentemente hispanoamericanos.
Hacer a modo del inventario de la realidad nacional era un objetivo principal de esta revista. La agricultura, los bosques, la minería o la industria, el trabajo en las explotaciones salitreras o el trabajo de la mujer, ocupan con frecuencia sus páginas. Calculando la capacidad agrícola de distintas porciones del territorio chileno, Edwards concluía que éste podía albergar casi cuatro veces la población de entonces, es decir más de 12 millones de personas, en condiciones análogas a las de Francia. La conclusión implícita era el desaprovechamiento de las condiciones naturales del país. Un gráfico podía mostrar cómo en 1885 habían entrado en los puertos chilenos barcos por un tonelaje total de 5.649.000 toneladas, de las cuales el 42% correspondían a barcos de pabellón chileno, en tanto que en 1910 el tonelaje entrado era de 25 millones de toneladas, pero sólo el 24% de ellas eran de pabellón nacional. La marina mercante chilena, en términos comparativos,  retrocedía: “¡Y seguimos durmiendo!”. En general, se observaba en otra parte, la tierra de Chile pertenecía a los chilenos, a diferencia de lo que ocurría en algunas repúblicas americanas, como Panamá, donde todos los elementos de la producción estaban en manos de extranjeros. “Sin la independencia económica, la libertad política es un fantasma vano”, advertía. Sin embargo,  el “Chile nuevo”, esto es, las regiones ocupadas y colonizadas en los últimos 30 años, no pertenecía a los chilenos sino a medias. Agotado su vigor, éstos no habían sido capaces de retenerlo, como habían retenido la herencia de sus padres. El capital extranjero era dueño de la mayor parte de la industria  salitrera en el extremo Norte y de la tierra en el extremo Sur, salvo, en este último caso,  en lo que se refería a las posesiones de una empresa privada chilena (la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego). La presencia del capital extranjero, principalmente en el salitre, el cobre o el hierro era, así, mirada con inquietud, aunque no rechazada en absoluto. A diferencia del inmigrante, que daba origen a una familia que arraigaba en el suelo que la había acogido,  el capital permanecía extranjero y formaba sólo factorías. Por lo menos, en el caso del hierro, se debía exigir como condición a los inversionistas (norteamericanos, en el evento) que cierta proporción de los puestos directivos de las explotaciones quedase en manos chilenas. Así se salvaría uno de los aspectos más odiosos que estaba asociado en América latina a la introducción del capital sajón: el desprecio por el nativo. Y en una época en que la “globalización” (avant la lettre) era, como hoy, la moral  internacional invocada, decía el redactor (Carlos G. Ávalos):



La  práctica de nuestros ideales nacionales debe consistir no sólo en apresurarnos a formar parte efectiva del concierto de las sociedades civilizadas del mundo, sino también el de (...) formar parte de ese concierto con fondo y fisonomía propias, originales, no como producto de un cosmopolitismo sin antecedentes propios.



Con todo, no había en PM un antinorteamericanismo  de principio. William Braden, fundador de la gran compañía productora de cobre, tenía admiradores. Y las razones del éxito norteamericano en abrir el canal de Panamá podían verse en “la escuela, el hogar y la higiene”. La admiración por la pujanza y el espíritu de trabajo yankees era también parte del espíritu de la época, contrapartida de la condena del materialismo norteamericano que José Enrique Rodó había cantado en su Ariel (1908).  
Por lo tanto, savoir vivre. Una rúbrica especial era “La felicidad en la vida modesta”, a cargo del propio Edwards. Allí se trataba de enseñar el secreto de una vida sobria, sobre la base de pocos recursos, pero con decoro y holgura; una ciencia casi enteramente ignorada en estos jóvenes países de la América del Sur, opinaba el redactor. El mal ejemplo venía de arriba, en una sociedad en que la única distinción era el dinero. Mal gusto, falta de sentido práctico y despilfarro campeaban por todas las clases sociales. Europa, en cambio, debía su bienestar al talento, laboriosidad y sentido de economía de la ménagère, la dueña de casa. “No es allí la mujer una máquina de gastos, ni una muñeca perfumada y cubierta de afeites”. El vestido, la habitación, el mobiliario y la comida, baratos y dignos, eran problemas que Edwards abordaba, y prometía  recetas de cocina, sopas para una familia entera que no excederían de un costo de 10 centavos: “Los Menus del PM serán baratos(...), pero nutritivos y harto más sabrosos que muchos platos caros a que nos hemos habituado”. En definitiva, y como F.A.Encina y tantos otros –en lo que llegó a ser un tópico de la sociología criolla-, Edwards echaba de menos en la sociedad chilena una clase media (él decía “burguesía”) emprendedora y sobria, con aptitudes industriales, capaz de colaborar con la antigua clase dirigente agraria en la transformación del país, o aun de reemplazarla. Y si el nacional era desplazado por el extranjero en el comercio y la industria –opinaba, entrevistado en PM, Tancredo Pinochet Le Brun, otro ensayista de nota en la generación, y director entonces de la Escuela de Artes y Oficios-, si era así, se debía precisamente a la cultura libresca que dominaba y a la falta de educación técnica. Convengamos, por fin, que un viaje a Europa (que, incluyendo teatro y diversas entretenciones, no debía costar más de 4.270 francos, calculaban los redactores) no estaba seguramente entre las inquietudes de las familias “modestas”; pero la revista se preocupaba también de la higiene popular (“Bañemos a nuestros niños, bañemos a todo nuestro pueblo”), de   la situación  del  inquilino (trabajador agrícola) o de las habitaciones obreras.

    Los temas políticos tenían que ser, con todo, los favoritos de Edwards. Algunos de sus artículos en PM iban a ser recogidos posteriormente en sus obras menores (Páginas históricas, La Organización Política de Chile). El 80° aniversario de la Constitución de 1833 fue celebrado en un número cuya portada lucía el retrato de Mariano Egaña –alma del peluconismo- por Mandiola. La naturaleza de las cosas tiene horror a los cambios bruscos, se decía allí. Los constituyentes de 1833 crearon, pues, un Jefe Supremo de la Nación conforme al modelo monárquico de la época colonial. Así dieron vida  un régimen singularmente apto para conciliar los intereses del orden con los de la libertad; tal se vio también en la historia política de Inglaterra. Mas, los ideólogos –los reformadores liberales- se empeñaron en arruinar ese régimen. Se decía de éstos en 1916:



Son unos hombres que profesan doctrinas o porque las leen en los libros o las forjan en su imaginación, pero que desdeñan observar a su país y darse cuenta de si son o no aplicables a sus costumbres y a su adelanto social. La práctica no vale nada para ellos. Los hechos se estrellan contra el cerebro del ideólogo. Fracasan sus sistemas y no piensan por un momento en que pueden haberse equivocado y atribuyen todo el mal a que los hombres se han echado a perder de repente, se han vuelto malos y egoístas, porque las cosas no funcionan como ellos se habían imaginado.



Realismo pues, de acuerdo a una constante que define toda una tradición de pensamiento político, de Maquiavelo a Burke, a los sociólogos del siglo XIX y últimamente a  Spengler; tradición en la cual bebió Edwards. Y proseguía nuestro autor:  en la actualidad, el país sigue llamándose liberal, pero este liberalismo no responde a ninguna doctrina política; reducidos los ideales del liberalismo a meras palabras, cuando alguien se levanta en nombre de un verdadero principio político, como el de la restauración de la autoridad, se dice de él que “no tiene doctrinas”. ¿No será hora de que el país se agite por un objetivo nacional?, pregunta. Formular este objetivo nacional es, implícitamente, la tarea de PM,  como –de modo explícito-, del Partido Nacionalista. Y cuando lo peor se produzca, ya se sabe, Edwards va a adherir a un “dictador de espada” (Ibáñez) a quien agradecerá “la reconstrucción radical del hecho de la autoridad” (cf. La Fronda aristocrática).
La política internacional chilena es también inquietud de PM. En momentos en que Chile enfrenta dificultades en las relaciones con sus vecinos –la cuestión de Tacna y Arica con Perú, la herida abierta en Bolivia por la pérdida del litoral en la Guerra del Pacífico-, Edwards se atreve a proponer la unión aduanera con el último país. No es que en la revista no se favorezca posiciones “duras” de Chile en estas materias. Mas, en verdad –admite nuestro autor-, no hay intereses comerciales encontrados entre los países de América del Sur, y sí entre éstos y Estados Unidos; es más, cada latinoamericano ve en el otro una especie de hermano frente al europeo y al americano del norte. La unión aduanera entre Chile y Bolivia puede mostrar los resultados favorables que hay que esperar de la unión de todas las jóvenes repúblicas; disipada la “quimera del libre cambio”, el fortalecimiento común de las naciones asociadas es el objetivo, y una unión tal  puede ser el paso previo para una confederación, así como el Zollverein fue el antecedente de la unificación alemana. Supuesto más o menos explícito de lo anterior es el avance del imperialismo norteamericano. La revolución mexicana y la intervención de EE.UU. en México motivan al respecto una toma de posición. Un comentarista (Luis Aldunate) se remonta a los orígenes del conflicto: el régimen de Porfirio Díaz había permitido a EE.UU. consolidar su preponderancia política y económica en la nación mexicana. Mas al fin mostró veleidades de independencia que resultaron inaceptables para EE.UU. La caída de Díaz se debió, entonces, en pequeña parte a los vicios de todo gobierno despótico, pero muy principalmente a los factores externos; la intervención norteamericana será decisiva en los posteriores acontecimientos mexicanos, hasta culminar con el desembarco armado en Veracruz (1914). EE.UU. invoca, en definitiva, el derecho que en todas las épocas se han atribuido los pueblos fuertes; lo que está por verse es si, frente a México, se contentará con una “tutela amistosa”, como la de Inglaterra sobre Portugal, o irá hasta una “toma de posesión”, como la misma Inglaterra en Egipto, o Francia en Túnez y Marruecos. Todo esto debe hacer meditar a América del Sur:



Sería menester cerrar los ojos a la luz para no ver en los acontecimientos que hoy se desarrollan en Méjico el propósito decidido de conquista política o comercial que dirige los actos de los gobernantes de Washington. Y ese propósito no es de hoy, viene de antiguo, y esos gobernantes, ya sean demócratas o republicanos, no son sino los dóciles instrumentos de la voluntad nacional que tiende a la absorción de Méjico y de las pequeñas repúblicas de la América Central, que sueña con la dominación del Mar Caribe (...).
El imperialismo yanqui, que se ha infiltrado ya en las Antillas y en la América del Centro, extiende ahora sus tentáculos en Méjico y, desde Panamá, se alzará mañana formidable frente a las Repúblicas de la América Meridional.



Sin embargo, con la Guerra Europea se advierte una relativa escasez de pronunciamientos políticos en PM. Se debe ello probablemente a que tanto Edwards como Díaz tienen en esos momentos otras responsabilidades, políticas, administrativas o diplomáticas. Abundan en estos números las fotografías de la guerra, los comentarios tienen un énfasis humanitario y procuran ser equilibrados. En la posguerra, se acentúa el carácter literario y “social” de la revista; aparecen fotografías de damas y debutantes “de sociedad”. La elección presidencial de 1920, que marca una época en la historia de Chile, apenas merece comentario. Evidentemente, PM cumplió su ciclo y eso explica su
desaparición en 1921.
Con todo y haber estado tan condicionada por las circunstancias de su momento, la revista que hemos presentado tiene un interés no sólo pasajero. Los primeros años del siglo XX veían una sociedad con abismantes diferencias sociales, el roto que una generación atrás había ganado la Guerra del Pacífico hundido en la miseria sin esperanza de las grandes urbes y de los campamentos mineros; el liberalismo constitucional versión francesa parecía esterilizar las imaginaciones y las voluntades, especuladores y sindicatos extranjeros se adueñaban de la riqueza del país y la fibra nacional se debilitaba ante las ideas de humanidad y de civilización, equivalentes de lo que hoy es el mundo globalizado. PM fue expresión de una generación que supo reaccionar a su modo ante tal estado de cosas y plantear –en el terreno de la política como en el de la cultura- las ideas que iban a estar en el debate de todo el siglo. Próximos a comenzar otra centuria, sorprende comprobar cuán actuales siguen siendo algunos de los problemas y de sus respuestas.



E.R.

(*Erwin Robertson) Publicado en Ciudad de los Césares N° 52, Marzo/ Mayo de 1999.

jueves, 4 de abril de 2013

Nuevo Número

CIUDAD DE LOS CÉSARES
N° 99
 
Marzo / Junio de 2012
 



PRESENTACIÓN



Con el presente año, Ciudad de los Césares cumple un cuarto de siglo de vida ininterrumpida; paso y meta de cuya significación se hablará en su momento. Ello amerita, por de pronto, la publicación de dos números especiales. El primero, que es el que el lector tiene en sus manos, habrá aparecido con el equinoccio de Otoño. Veamos el pesado cargamento que trae, piedras para la construcción de una política y una cultura alternativas.

Siguiendo la costumbre, comenzamos por la política. En “Terrorismo étnico y dictadura de los banqueros”, nuestro redactor E.R. comenta lo que parece una escalada en la antigua Araucanía, ominosa por cierto, si es que anuncia las terribles circunstancias que pueden llevar a un Kosovo americano. Y al mismo tiempo atiende a la dictadura que se instala mundialmente, institucionalmente incluso, como en la Europa del euro: la dictadura del poder financiero.  Si el cambio de gobierno en México no es más que una forma de alternancia, en la línea del puritanismo liberal y sobre el fondo del neocolonialismo, es el problema que se plantea José Luis Ontiveros en “Neocolonalismo y alternancia”. Francisco de la Torre, por su lado, señala al inspirador de una de las tendencias que han animado contadictoriamente al gobierno bolivariano de Hugo Chávez, en “El origen de la práxis geopolítica de Chávez: el pensamiento geopolítico de Norberto Ceresole”.

Bajo el título común de“Il Gran Rifiuto” se presentan dos visiones diferentes sobre la la insólita cuestión de la abdicación de un pontífice de la Iglesia católica: son ellas la de José Luis Ontiveros y la de Arnaldo Rossi. A propósito de una solicitud juvenil, Renato Carmona sigue las trayectorias de tres aventureros –Malaparte, Jünger y Malraux-, precisando a mismo tiempo conceptos como los de Revolución y de Golpe de Estado, en “La aventura y el orden”. La historia común de Chile y de Argentina puede ser vista a través de la vida de Felipe Varela, uno de los típicos caudillos americanos del siglo XIX, y eso es lo que nos muestra Silvia García en “Un caudillo entre dos países”. En el plano social y cultural del mundo post-moderno, las llamadas teorías del género han sido de las más influyentes. Hora es pues de revisarlas, como se hace en “¡Esto no es más una mujer! Ideología de género y realidades sexuadas”, a partir del dossier preparado por el escritor francés Alain de Benoist. Carlos Dufour hace la  crítica del  tradicionalismo en sus aspectos epistemológicos y ontológicos, en “Tropezones ontológicos del tradicionalismo radical”. A partir de una alusión vertida en nuestro número anterior, en “Sobre asados y asadores”, Cesareano considera necesaria la precisión sobre la trayectoria y muerte del filósofo argentino Nimio de Anquín.

“El Caballero Azul, o el lugar de una dislocación temporal” es el homenaje de Bruno Dietsch al escritor Henry Montaigu, en el que muestra las claves y significaciones de esa novela que es también un diario de viaje y un ensayo, entre otras cosas. Sobre otra novela se detiene Jorge Cabrera Labbé, y es para realizar sus “Investigaciones sobre el mal a partir de una novela bastarda de William Faulkner”. Y si de libros se trata, aquí están nuevamente los reseñados para los atentos lectores de Ciudad de los Césares: The Golden Thread, de Joscelyn Godwin; The Western Esoteric Traditions, de Nicholas Goodrick-Clarke; Against the Modern World, de Mark Sedwick; La Gran Controversia, de Vladimir Soloviev, y Pensando el Chile Nuevo. Las ideas en la Revolución de los Tenientes y el primer gobierno de Ibáñez, de Harry Scott. Que todo ello les sea provechoso y fecundo.☼

lunes, 12 de septiembre de 2011

NOTAS LITERARIAS



 
(i) Miguel Serrano, o literatura  e ideología
 
             Miguel Serrano es, qué duda cabe, un escritor controvertido. Merecedor, y sobradamente, del Premio Nacional de Literatura -según juicios calificados-, hay consenso en que no lo obtendrá jamás. Muy sencillamente, porque es nazi -lo que, se comprende, constituye suficiente motivo de descalificación en cualquier lugar- y porque, por añadidura, ha jugado sus malas pasadas al establishment cultural concertacionista. Sin embargo, habría que agregar que, para sorpresa de muchos, tiene y mantiene amistades de los más variados signos ideológicos; que no vive precisamente en un ostracismo, sino que es a menudo solicitado tanto por los suplementos literarios de los grandes diarios de la capital de Chile, como por las revistas culturales de izquierda. Sus Memorias, en fin, constituyeron en su momento un acontecimiento histórico-literario (cf. comentarios en CC 46, 52 y 57). Pero que Miguel Serrano es problemático, "lo es".
             Prueba de ello es el último número de la revista Noreste. Esta publicación independiente, que busca la poesía -por así decir- en la vida de todos los días de los chilenos, nos regala una excelente entrevista a nuestro autor, realizada por Cristián Warnken y Santiago Elordi, probablemente una de las mejores que se le han hecho. La entrevista, por supuesto, se mantiene en el plano literario, en el de las anécdotas personales, recuerdos de H. Hesse o de C.G. Jung  -y Serrano, fiel a lo largo de los años a ciertos temas fundamentales, siempre tiene algo nuevo que decir  ("El hombre moderno perdió el contacto con los dioses", Noreste Nº 45, febrero 2002). Pero en las páginas que siguen, como para matizar algo que pudiera ser muy fuerte, Warnken,  director de la revista,  y Marcelo Ríoseco, su subdirector, se cuidan de marcar sus distancias con el entrevistado, cada uno desde su propio ángulo (Warnken, "No todo calza"; Rioseco, "Miguel Serrano, ¿un escritor?"). Legítimo, claro está, y comprensible. El punto está en cómo se miden esas distancias.
En Rioseco hay desde luego respeto, casi admiración, por Serrano, escritor no menor -declara-, de talento, a veces francamente notable. Pero no (sólo) un escritor, sino un ideólogo nazi a quien se debe tomar en serio. Hasta aquí, diríamos, Rioseco tiene algo de razón: no siempre es posible disociar al hombre de su obra, al artista del político. Sólo que enseguida nos llama a  no juzgar -en el caso de Serrano- literariamente, sino políticamente. La admiración estética queda excluída. La ética debe primar sobre la estética. Y es que las ideologías tienen consecuencias, de la Revolución Francesa en más. Véase lo que hizo Stalin a partir de los libros de Marx. De las no tan inocentes páginas del "hitlerismo esotérico", Rioseco ve alzarse así la sombra de un nuevo Auschwitz. El problema es que nuestro crítico parece conocer sólo la obra tardía de Serrano, específica y explícitamente hitleriana,  y no tiene nada que decir de la obra primera (Ni por Mar ni por Tierra, La Flor inexistente, Las Visitas de la Reina de Saba, etc.), en absoluto política. ¿Será que piensa que la parte "mala" contamina el resto, de acuerdo a la hermenéutica de la sospecha practicada, entre otros, por Farías? Por lo demás, con tal criterio quedarían pocos objetos de admiración inocente -obras literarias, artísticas, filosóficas y hasta científicas-; bastaría con identificar a sus autores como ideólogos marxistas, liberales, católicos, etc. Salvo que se nos diga  que algunas posiciones ideológicas son más iguales que las otras -como los animales de Orwell-; quien sea dueño de la ética, sabrá discriminar. ¿Cuál es la conclusión, entonces: proceder contra las ideas antes que éstas se transformen en actos? ¿Vería con alivio Rioseco que un ayatola laico de la República emitiera su fatwa condenatoria de Miguel Serrano y su obra?
Warnken, por su parte,  defiende valientemente su amistad con Serrano -la que, por lo visto, le ha significado ciertas cuentas por pagar. Defiende pues los fueros de la amistad, que no sabría estar condicionada por lógicas ni por conveniencias ni por opuestas trincheras políticas o ideológicas.  Sostiene, una vez más,  el valor literario de la obra de Serrano -de acuerdo: lo mejor de ella no tiene que ver con el nazismo- y reivindica el derecho a la admiración literaria, independientemente de las posturas políticas de los autores; más aún, sostiene que el valor estético de un texto puede desbordar su función ideológica o religiosa. Hamsum, Pound, Neruda, son ejemplos a la mano, pero también algunos pasajes de la Biblia, "vengativos, sangrientos, al servicio de un fanatismo etnocéntrico"; no obstante lo cual, nadie negaría la universalidad del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares o Job. En todo ello, ¿cómo no estar de acuerdo? 
             Mas, ¿necesita Warnken justificarse como un Daniel Baremboin interpretando a Wagner en Israel (un acto de probidad artística que produjo escándalo)? La admiración por el Serrano de Ni por Mar ni por Tierra no requiere excusas, como tampoco las requiere la admiración por el Knut Hamsum de Pan o de Hambre. En cuanto al otro Serrano, en un mundo que reclama tanta diversidad, ¿no se le podría aceptar simplemente como es? Y bien,  Warnken puede abominar del nazismo, pero no puede cerrarse a la posibilidad de que Serrano vea en el nazismo otra cosa que lo que a él suscita horror. Quizás debería preguntarse qué fue lo que vieron en aquél escritores y pensadores "no menores" -Hamsum, Pound, Heidegger, Drieu la Rochelle y tantos otros-, como para otorgarle su admiración o su adhesión en algún momento de sus carreras. Si Warnken reivindica para sí el derecho a discutir, por lo menos, el valor de la obra literaria de Serrano, ¿por qué no reconocer  a Serrano mismo el derecho de discutir  -al menos- las opiniones que corrientemente se tienen sobre el nazismo? Pues a Warnken escandaliza la ceguera de Serrano al negar sistemáticamente el Holocausto; como si fuera un problema de sensibilidad moral y no de crítica histórica. Cierto, Serrano no suele ser frío ni objetivo al tratar de estos temas; después de todo no es un historiador (como Warnken debería saber, los historiadores revisionistas discuten estos temas..., en la medida en que aún cuenten con la libertad para hacerlo). Sí, todos tenemos cegueras, como dice el director de Noreste; igualmente, diversos pueblos han pasado o pasan por sus respectivos infiernos: no habría que ser unilateral al lamentarlos.
Si la legitimidad de un escritor termina cuando comienza a incomodar a alguien, volvemos a la postura de Rioseco. Ciertamente, cabría hacer diferencias entre los escritores comprometidos -diferencias éticas o estéticas, como se quiera-; por ejemplo, entre la militancia obediente de un Neruda y la admiración pura de Serrano. Pero esto es ya otra materia. En cualquier estado de la causa, nuestros amigos de Noreste, que cantan a la vida peligrosa, deberían celebrar igualmente el coraje del viejo escritor que con la corrección política no quiere saber nada.
 
(ii) Tolkien, o las virtualidades del mito
 
             El verano chileno de 2001-2002 ha visto la exhibición de dos filmes basados en sendas obras "de literatura fantástica": Harry Potter y la piedra filosofal y El Señor de los Anillos -La Comunidad del Anilo. Con el poder amplificador del cine, el mundo maravilloso resurge o se  pone de nuevo en el tapete de la actualidad -por encima de la chatura de los "realismos" artísticos o literarios.
             No nos ocuparemos demasiado de Harry Potter. A juzgar por la versión fílmica, la obra es una amalgama de temas (magia y alquimia); nos preguntamos si no responde a la familiaridad de ciertos medios anglosajones con la brujería, que culmina en el satanismo de Aleister Crowley (la alusión a "Aquel que no puede ser nombrado" da que pensar). Pero no conocemos bien la serie potteriana ni a su autora para emitir un juicio seguro. Sí observamos que el ambiente de Harry Potter es el del mundo normal, burgués, actual (que supone existentes la magia y los brujos); con toda su especialidad, la escuela de Hogwarts no difiere mucho de un colegio inglés tradicional. En este sentido, la obra de J.K. Rowling no tiene la capacidad evocadora, mitopoiética, de la de Tolkien.
             Pues en El Señor de los Anillos nos encontramos real y coherentemente en otro mundo: un mundo perdido de "ambiente" medieval, algo entre Sigfrido y Arturo; mundo de reyes y caballeros, elfos y enanos, que se nos presenta, sin embargo, "históricamente", dotado incluso de su propia cronología. En esta capacidad de evocación mítica -si el mito es la "historia sagrada", la historia del illo tempore, aquel "otro" tiempo, en términos de Eliade- reside seguramente gran parte del éxito de Tolkien. Por el contrario, la película representa -como suele suceder- un empobrecimiento: los combates son truculentos, como en filmes del estilo de Gladiador; dominan los efectos especiales, Aragorn se ve hasta humilde, sin la noble hosquedad del Montaraz, etc. Los hobbits, en cambio,  nos parecen los más fieles a Tolkien (constituyen, por lo demás, como es sabido, la única raza inventada propiamente por el autor).
             Desde su aparición, la obra de Tolkien invitó a la aplicación de diferentes "claves" para su inteligencia: clave céltica, nórdica, ecológica, tradicionalista, etc. (cf. sobre el tema Gondinet, "La revolución de lo imaginario"; Severino, "El hobbit de Oxford" y Ontiveros, "El lenguaje y la aventura", en CC 15, 1990; Rossi, "Tradición hespérica y realización lírica", CC 25 y 26, 1992). Vale la pena señalar que, desde los años 70, la juventud neofascista europea se identificó especialmente con los personajes y emblemas tolkienianos. No es raro, entonces, que, con la exhibición del filme en nuestro país, hayan resurgido polémicas sobre la recta interpretación del corpus tolkieniano y en particular del Señor de los Anillos. Así se ha discutido si la obra debe o no su inspiración al tema artúrico (acertadamente, Daniel Soto mostró que  los símbolos tradicionales del Imperio y de la Mujer como Venus Victrix están presentes tanto en El Señor de los Anillos como en el ciclo artúrico: Cartas a El Mercurio, 30/12/01). En parte reaccionando con razón contra la tolkienomanía, Rafael Gumucio ("Corre el anillo", Las Últimas Noticias, 8/1/02) retoma la acusación según la cual la obra expresa la nostalgia -o la fantasía- de un mundo étnicamente puro (céltico, para él). Interpretando en cambio a Tolkien dentro de lo políticamente correcto, Marcelo Rioseco ("Gumucio vs. Tolkien", Noreste 45) responde que el mundo del Señor de los Anillos no es "célticamente puro" -al contrario, "un muy buen ejemplo de cruces raciales"-, ¡porque procede de una mezcla de las mitologías anglosajonas con las célticas! Como si las (varias) fuentes de un autor y la realidad que pinta fueran necesariamente lo mismo.
Otras lecturas buscan lo profundo. El presbítero José Miguel Ibáñez Langlois (Ignacio Valente, en el mundo de las letras) da su nihil obstat a la obra del profesor oxoniense: no se trata -contra lo que han sostenido algunos- de un mundo sin Dios ("Tolkien: ¿un mundo sin Dios?", El Mercurio 3/2/02). Si las referencias religiosas están ausentes en la Tierra Media, es por una exigencia del género maravilloso, nos dice el crítico-sacerdote. Sin embargo, la obra tiene "substancia teologal", de una manera "supratemática y total"; el contexto teológico de El Señor de los Anillos es, en suma, evidente. Todavía más, el meollo ético-religioso del mundo de Tolkien no se condice "con ningún otro contexto que no sea el judeo-cristiano, el decálogo de la Alianza antigua y a ratos (destacado nuestro) el Evangelio de la nueva Alianza".
             Como decíamos, cada uno aplica sus propias claves a una obra como la tolkieniana. En estas páginas se ha presentado ya una interpretación escatológica del Señor de los Anillos, compatible con la perspectiva cristiana (A. Rossi, loc.cit.); pero con mayor fineza que el intento de Valente. Aparte del hecho conocido de que Tolkien era católico -Valente  renuncia a sacar partido de ciertas afirmaciones suyas, por la buena razón de que las opiniones de un autor no son la última palabra sobre una obra-, aparte de eso, el argumento fuerte  es la cosmogonía narrada en El Silmarillion: Eru o Ilúvatar, el Único, crea el mundo, de un modo, según Valente, que se ajusta a la substancia cristiana de la creatio ex nihilo. Es verdad que, p. ej., en la tradición griega más general, dioses y mundo son increados -éste sería el tipo de una cosmogonía opuesta a la bíblica. Pero el Dios tolkieniano crea el mundo mediante la Música; particularidad que no está en el Génesis y que recuerda más bien el mito griego según el cual Zeus engendró a las Musas para que el Cosmos pudiese ser alabado y estuviera así completo. Además, Ilúvatar realiza la cosmogonía con el concurso de los Ainur, los Sagrados, "vástagos de su pensamiento"; y la jerarquía de éstos, su papel demiúrgico (como co-creadores del mundo), el detalle de que estén casados, obligan a considerarlos dioses antes que simples ángeles. Se podría sugerir un paralelo en el zoroastrismo, los Inmortales Bienhechores, "arcángeles" que acompañan a Ahura-Mazda. Con todo, tal vez sea más prudente concluir que la cosmogonía de Tolkien, como toda su obra, es fruto libre de su imaginación -independientemente de sus fuentes- y que no necesariamente refleja sus personales creencias religiosas.
             Dios o dioses, como sea, se han alejado en el mundo de la Tercera Edad  (En El Silmarillion hay alusiones a un culto, pero no desde luego en El Señor de los Anillos). Ni siquiera escuchamos invocaciones del tipo "¡por Hércules!", que no hubieran violado demasiado las reglas del género. Los seres divinos tampoco actúan "providencialmente" -por lo menos, no de un modo que al lector resulte unívoco. "A menudo el socorro llega de los débiles, cuando los Sabios fracasan", dice Gandalf, previendo el papel fundamental de los modestos hobbits; como presiente también el papel del repugnante Gollum en la destrucción del Anillo. ¿La Providencia divina que actúa a través de los medios menos pensados? ¿O la Fortuna, o el Destino, nociones que también se podría invocar en este caso?
             Por otro lado, el Tiempo en la obra tolkieniana se articula cíclicamente en Edades que se van sucediendo en una decadencia continua, desde los Divinos a los Hombres; análogamente a los yuga hindúes o a las Razas de Hesíodo. Cada Edad termina en una guerra catastrófica y en una derrota de la potencia maligna; hay un recomienzo, una restauración, pero también siempre, no obstante, un repliegue, un alejamiento del Origen. Los Ainur abandonan la Tierra Media y se retiran hacia Occidente, al Reino Bendito más allá de los mares; a su turno, los Elfos harán el mismo camino. La descripción de la Tercera Edad deja una sensación de decadencia muy avanzada  -con la nostalgia consiguiente-; la victoria final sobre las Sombras no evita la partida de los seres maravillosos y la entrada plena en el tiempo de los Hombres (el tiempo "histórico", diríamos).  Si Ilúvatar prevé reunirse con sus Hijos (Elfos y Hombres) en un Coro Final, en la consumación de los tiempos, no se los deja saber. Esto da a los protagonistas del Señor de los Anillos -Elfos, Hombres, Enanos y aun Hobbits- una dimensión verdaderamente heroica, épico-trágica, como la de los héroes de la Ilíada o de la saga germánica.
             Es sorprendente, por fin, que Valente no vea en el mundo de Tolkien otra moral que la véterotestamentaria (y, sólo "a ratos", la cristiana). ¿Acaso las nociones de Bien y Mal (o las equivalentes: Belleza-Fealdad, Verdad-Mentira, etc.) dependen exclusivamente del Decálogo? Por lo demás, habría que distinguir: entre los Hombres -tales Aragorn o Boromir, o los Jinetes de Rohan-, de lo que se trata es de una moral heroico-caballeresca: la gloria de una estirpe, el valor, el honor (que no vienen precisamente del decálogo mosaico), se encuentran allí en primer lugar. Entre los hobbits se trata de una moral común, "burguesa", sin grandes exigencias, de acuerdo al carácter de este pueblo; pero que, por supuesto, sabe superarse y admite el sacrificio, en Frodo, Sam y sus compañeros. El ethos de los elfos, en cambio, se aproxima a una forma de santidad, como corresponde a su naturaleza semidivina. Podríamos hablar, entonces, de una moral "trifuncional", en el sentido de G. Dumézil (las "tres funciones" de los indoeuropeos). Nada más alejado de una moral "universal", aunque el propio Tolkien haya opinado así.
             Aunque el drama cósmico de la obra de Tolkien pueda explicarse desde una perspectiva cristiana; y aunque ciertos valores de los personajes del Señor de los Anillos coincidan con los cristianos, el mundo maravilloso del maestro de Oxford no es en sí mismo -en sus textos- específicamente cristiano. Es un mundo sin dioses visibles, como en los relatos artúricos o en las sagas germánicas; pero lo Divino es, de algún modo, inmanente al mundo. Podría decirse, mejor, un mundo "tradicional", en el sentido de Guénon y de Evola. Aunque seguramente un mérito más de El Señor de los Anillos, como de toda obra maestra, es el no ser reductible a una sola "lectura" y estar abierta a nuevas interpretaciones, como las muchas y errantes sendas que se ofrecen al hobbit aventurero.
AUSTRALIS
Publicada en Ciudad de los Césares N° 62, Abril/ Mayo de 2002