DEL “ORDEN NATURAL”
A LA “AUTO-ORGANIZACIÓN”
o la Vigencia de la Idea Orgánica
El organicismo, ¿Un fantasma?
"La idea orgánica", a primera vista, aparece como un vasto y poco definido campo de explotación ideológica. ¿Dónde se escucha hoy mencionar la idea orgánica? En la inmensa estepa democrática e igualitaria, donde ya nada ni nadie tiene sentido en tanto célula de un organismo social, sino sólo en su calidad de número, igual a otros, ¿habría cabida para una concepción orgánica de la sociedad?
Hoy por hoy, los politólogos y cientistas políticos, que asisten deslumbrados al hundimiento del socialismo en el océano de la democracia liberal y del Capitalismo, sólo podrían concebir al organicismo como la fórmula ideológica propia del fascismo de entreguerras, aplastado y rechazado por la historia, o bien cierta forma de organización social reaccionaria propia de la Edad Media (por lo tanto, retrograda, oscurantista) y contra la que se alzó el tercer Estado en 1789 para proclamar los sagrados y eternos principes de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, al tiempo que, con la ley Le Chapelier, arrasaba con las potestades sociales y corporativas, en nombre de la libertad de asociación, Más allá de estas interpretaciones reduccionistas no encontramos ningún intento de una relectura objetiva de la concepción orgánica, ni de una renovación del discurso Corporativista entre quienes pudieran considerarse sus "herederos", salvo notables excepciones (que ya nos encargaremos de señalar); a partir del tronco neofascista en Europa, las llamadas "derechas nacionales", que desarrollan una táctica entrista en el sistema parlamentario, o el interesante fenómeno intelectual que se ha dado en llamar la "Nueva Derecha" (cfr. "la estrategia cultural de la Nueva Derecha europea", CC N° 11), que intenta crear un proyecto de influencia metapolítico sobre la sociedad.
Por su parte, el tradicionalismo católico, preferentemente el hispano, productor de una multitud de pensadores en el pasado, se encuentra hoy anquilosado en el conservadurismo o desnaturalizado en sus esencias doctrinarias. En definitiva, el discurso orgánico o corporativo pareciera haber pasado a la historia de las ideas políticas. En tanto que presencia en las estructuras políticas contemporáneas, es innegable que éste lisa y llanamente, no existe, o bien aparece, como el musgo entre las piedras, como una excrecencia parásita de estructuras ajenas por entero a la cosmovisión en la que el organicismo se inserta. El punto está, entonces, en verificar su vigencia, su realidad sociológica y su capacidad de asumir, como método de análisis y como concepción capaz de guiar el camino de las comunidades humanas, la complejidad de los procesos sociales y del devenir histórico.
Pero, antes de verificar tal hipótesis, es necesario orientar al lector respecto del significado de la idea orgánica, de su desarrollo histórico y de las concepciones teóricas que desde esta perspectiva se han formulado.
Orígenes teóricos
Las primeras concepciones teóricas guiadas por la idea orgánica las podemos hallar ya en Platón y Aristóteles. El primero, en La República, afirma que "la ciudad bien constituida puede parangonarse a un cuerpo que participa del placer y del dolor de sus miembros. Y sus tres clases - los gobernantes, los gue-rreros y los artesanos - son como órganos que cumplen funciones diversas del organismo estatal". Por su parte, Aristóteles compara a la ciudad con el ser viviente, compuesto de elementos. Ambos filósofos, como lo indica Gonzalo Fernández de la Mora, no "afirman el organicismo en sentido estricto y real; pero entrañan una imagen antropomórfica del Estado que inicia un milenario paralelismo doctrinal de los organismos biológicos con los sociales" (G. Fernández de la Mora. Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica).
Este origen teórico milenario no aparece como una formulación "ideológica", en el sentido de una preconcepción que intenta ser impuesta al ente social sino que constituye el reconocimiento de un orden que, por esas épocas, era muy fácil distinguir; un orden que, basado en la armonía de las partes que conforman la sociedad, reconoce las naturales jerarquías entre los hombres y entre las instituciones. Una cosmovisión muy distinta a la moderna, permite la subsistencia milenaria de este orden ajeno a las ideas lineales de desarrollo o progreso. Este orden milenario de la tradición persistirá, surgiendo ya en la oscuridad del paleolítico, para prolongarse a lo largo de grandes ciclos históricos y de muy diversas culturas. Así, lo encontramos presente en la Antigüedad greco-latina, en los pueblos germánicos y célticos como también en las altas culturas americanas precolombinas, y se extenderá sin mayores variaciones a lo largo del período histórico occidental llamado "Edad media", ya dominado por el mensaje cristano, pero que ha asumido los valores externos de las civilizaciones tradicionales. Encontramos en el mundo medieval uno de los momentos cumbres de la concepción orgánica, manifestada tanto en las formas que asume la comunidad como en sus manifestaciones físicas. Así, "en la ciudad medieval se experimenta un sentimiento de biología perfecta, de armoniosa correspondencia entre la forma –suma de esfuerzos convergentes hacia un mismo fin- y la comunidad urbana en sí misma. Vemos una incorporación sutil de elementos diversos, unificados desde el interior por la unidad espiritual que vincula a la Comunidad. Estamos en una de las cimas del arte urbano: la de la arquitectura orgánica, y del ser urbano: la de la comunión". (CC N° 2: "El urbanismo, desde una perspectiva orgánica"). A su vez las teorías medievales de la sociedad asumen formas decididamente orgánicas: "Una construcción orgánica de la sociedad humana era tan familiar al Medievo como le era ajena una construcción mecánica y atomista" (O. Giercke: Das deutsche Genossenschaftsrecht, cit. en Gonzalo Fernández de la Mora, Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica). Tomás de Aquino, Tolomeo de Luca y otros teólogos, sientan las bases de una concepción organicista a partir de sus postulados teológicos. A su vez, los doctrinarios políticos extraen las consecuencias prácticas de estos postulados. Entre ellos, Marsilio de Padua, que se refiere a los estamentos, asociaciones y gremios (agricultores, artesanos y comerciantes), o Nicolás de Cusa, quien propone un esquema casi parlamentario, en que "los distritos electorales son miembros orgá-nicos y corporativos de un pueblo articulado" (Nicolás de Cusa: De concordantia Catholica, cit. en G. Fernández de la Mora, op. cit).
La comunidad política medieval se construía a través de ámbitos espaciales (familia, parroquia, municipio, feudo, reino e imperio) que se integraban sucesiva-mente; y ámbitos funcionales (gremios, estamentos, confesiones, culturas y estados) articulados de modo recíproco y, con frecuencia, escalonado, nadie era igual a otro, cada uno era él mismo con su determinada circunstancia. Esta magna construcción histórica sufrirá el ambate de dos ofensivas: la Reforma y la Revolución. Entre los teólogos españoles de la Contrarreforma, aparecen algunos, como Francisco Suárez adeptos a la concepción orgánica del Estado: "La comunidad humana es como un organismo que no puede subsistir sin diversas ministros y categorías de personas que son a la manera de varios miembros" (F. Suárez, Defensor Fidei, cit. en G. Fernández de la Mora, op. cit).
La Reforma y el protestantismo entrañan la disolución de la religiosidad orgánica, en que el creyente se religa a Dios y a las Escrituras a través del magisterio y de la tradición. El libre examen luterano lo deja solo ante los textos, proclamando un absoluto individualismo intelectual, al que se agrega un individualismo moral (la justificación por la fe), y un individualismo político, en que el sacerdote ya no es un supervisor carismático, sino un igual, encontrándose el creyente solo frente a Dios.
Con la revolución francesa, la embestida contra la antigua sociedad orgánica alcanza su máxima intensidad. La Comunidad política, según los postulados de Locke y Rousseau, nace de un pacto entre iguales que se prorratean la soberanía. El ciudadano, sin cuerpos intermedios entre él y el Estado, ejerce mediante el sufragio universal inorgánico su mínima fracción de poder. Es el atomismo abstracto frente al organicismo concreto. Este último, despojado de su carácter de cosmovisión "consensual", comienza a discurrir por diversos caminos. En Alemania nos encontramos, paralelamente con el llamado "romanticismo político", con el organicismo restauracionista, representado por figuras como Herder, Fichte, Novalis, Schegel y Savigny, entre otros. Rechazan el individualismo, el pactismo social, el racionalismo y la democracia inorgánica, afirmando en cambio, los gremios, el naturalismo social, las minorías, los sentimientos, la representación estamental y corporativa. La extensa obra de estos autores y su programa institucional fueron derrotados por los principios revolucionarios; por lo que no son suficientemente conocidos ni valorados.
Hegel, por su parte, debe ser considerado un organicista metafísico, y su teoría de la sociedad y del estado es manifiestamente organicista: "La sociedad civil debe designar a sus representantes no dispersa en individualidades atómicas

que sólo se reúnen para un acto aislado y ocasional, sino en asociaciones (
Genossenschaften), ayuntamientos (
Gemeinden) y Corporaciones (
Korporationen)" (G.W.F. Hegel,
Grundlinien der Philosophie des Rechtes, 1821, en
Werke, Frankfurt, 1970, ed. Suhrkamp). La idea de representación en Hegel, aunque tendencialmente corporativa, mantiene las grandes líneas del estamentalismo tradicional.
Del organicismo social que se va perfilando surgirán dos versiones posteriores, la sociológica y la corporativa. La primera se mantiene en un plano académico, siendo sus representantes más destacados Spencer, Fouillé, Lilienfeld y Kjellen, entre otros. Potenciada por la influencia del darwinismo, la sociología organicista verá su época de oro en la segunda mitad del siglo pasado, y llegará hasta el período de entreguerras, en que el organicismo social entrará en su nueva etapa: el corporativismo, representado por figuras como Renán, Giercke, Oliveira Martins, Durkheim, Mosca, Duguit y Spann, que enlazó con los medievales y románticos y conectó con las tradiciones nacionales. En Portugal (1923 - 1973), Italia (1922 -1945) y España (1936 - 1976) se hizo teoría y práctica, en diversas circunstancias históricas y sociales, y con desiguales resultados. La historia de estos regímenes y del desarrollo dentro de ellos de las concepciones orgánicas y corporativas da para un desarrollo mucho más amplio que no es el objetivo de este trabajo.
Paralelamente a este desarrollo histórico, las tendencias organicistas católicas han logrado uno importante con pensadores como Brañas, Vásquez de Mella, Donoso Cortés, Aparisi y Guijarro, etc. Vásquez de Mella, por ejemplo, destaca la existencia de la soberanía social que es "un conjunto de derechos naturales que se proyectan ante el Estado (soberanía política) para ser respetado y cumplidos, de esta manera las sociedades intermedias entre la familia y el estado, vienen a ser las manifestaciones orgánicas de la soberanía social y por lo tanto constituyen poder por sí mismas" (Citado en Osvaldo Lira, Nostalgia de Vásquez de Mella). En España, igualmente han prendido las teorías políticas de Enrique Ahrens, catedrático y político alemán (1808 -1879), discípulo de Carlos Cristian Krauss (1781 - 1822). Su obra Curso de derecho Natural genera en España una escuela de pensamiento organicista de tendencia laica e izquierdista, cuyos representantes más destacados fueron Sanz del Rio, Salmerón, Giner de Los Ríos, Pérez Pujol, Posada, etc. El llamado "Krausismo", o escuela de Krause, constituye la raíz de la línea sociopolítica que deriva en los corporativismos del segundo tercio del siglo XX en Europa. La sociedad es, para Ahrens, "un gran organismo que comprende un conjunto de sistemas y de organismo particulares, siendo esos organismos particulares o esferas sociales de dos tipos: los territoriales (familia, municipio, región, nación, etc.) y los funcionales, (orden jurídico, religioso, moral, científico, artístico, educativo y económico).
Ya en el siglo XX nos encontramos con un amplio desarrollo teórico y práctico: las construcciones institucionales del fascismo en Italia, el integralismo portugés o el nacional sindicalismo en España recogerán las diversas teorías que circulan. Filósofos y pensadores de gran relevancia profundizarán en la teoría organicista del Estado.
Los italianos Gentile, Spirito y Bottai, el rumano Manoilesco, el austríaco Spann y muchos otros se interesan y desarrollan las teorías orgánicas corporativas del Estado. Gentile y Spirito, con su concepción del "estado ético" o la "societas in interiore homini"; Manoilesco caracterizando el corporativismo como aquella forma de organización social cuya esencia es la solidaridad nacional; Oliveira Salazar intentando realizarlo en la práctica en Portugal; en Chile, Guillermo Izquierdo Araya en su Racionalización de la Democracia, intentando precisar aquel concepto de "democracia funcional" que implique "Una trasformación integral en lo económico y en lo social que traerá lógicamente una morfología nueva del Estado".
La perspectiva tradicional
Esta concepción del organicismo, que podríamos llamar sociopolítica, no se contrapone fundamentalmente con la perspectiva que llamaremos "tradicional" (para diferenciarlo de aquella "tradicionalista", que tiene su propio y autónomo discurso). Para Julius Evola, la idea orgánica pertenece a ese orden de ideas que, en una civilización "normal" (entendamos por ello una civilización tradicional) tienen un carácter real-constitutivo, mientras que en las civilizaciones en crisis sólo tienen un carácter ideal-normativo ("lo que es" frente a "lo que debe ser"). Para Evola, esta idea tiene una orientación "desde y hacia lo alto". Esta tensión "garantiza el carácter normativo y suprahistórico que confiere a la idea tradicional una perenne actualidad". La idea orgánica no es, pues, producto de una especulación filosófica, y ha tenido vigencia en la realidad histórica de una serie de alta civilizaciones y sociedades, lo que no obsta para que la idea pueda ser permanentemente separada de sus contingentes encarnaciones para preservar su permanencia como modelo de nuevas estructuras existenciales, "diversas pero homologas" a las anteriores.
Para Evola, en todo estado tradicional a la idea central se une un correspondiente principio positivo de soberanía y de autoridad. Pues la idea orgánica no abarca solamente la relación de las partes entre sí, sino también la de las partes con el todo. La concepción jerárquica y estamental va asociada al núcleo de la idea orgánica, y no debe entenderse en ella una concepción clasista o una estructura de dominación, sino el normal ordenamiento que asumen los hombres y los cuerpos sociales en orden al correcto ejercicio de la función propia de cada uno. En este orden la unidad está producida por el consenso en torno a un principio ordenador superior y no en torno a los mecanismos subalternos o burocráticos, por lo que "un relativo pluralismo es un rasgo esencial de todo sistema orgánico". No es la organización de lo externo lo esencial, ni la reglamentación o la centralización; al contrario, también es característica de tales sistemas una amplia descentralización, de donde todo intento de estructuración de la sociedad que intente imponerse a través de los mecanismo de las burocracias institucionales no es más que una desviación totalitaria en la que "se debe ver la inversión y la contrahechura de un sistema orgánico". Como también lo sostiene Fernández de la Mora "la sociedad jerárquica..., es un hecho biológico, fundado genéticamente y anterior en millones de años a la aparición de los homínidos; es pues, una realidad dada no ya para cada individuo concreto, sino para la especie humana. La sociobiología refuta apodícticamente la hipótesis del pacto social". Según lo constata la etología, "la jerarquía aporta más de una contribución a la próspera organización de seres desiguales, al enfrentarse a las necesidades comunes. Así mismo, reduce la lucha. Una vez establecido el orden de dominio, raras veces se produce la seria agresión, habida cuenta de que cada miembro conoce muy bien sus capacidades en relación con los demás. El orden jerárquico, mediante la competición, esclarece a los desiguales, colocando en puestos de influencia a los principales valores de todo el grupo".
Pero la perspectiva tradicional es también la perspectiva de la decadencia y la disolución cíclica de las civilizaciones, las sociedades y los Estados tradicionales. Este ciclo de disolución parte por la pérdida del vínculo espiritual, del centro unificante y trascendente, en primer lugar por la crisis del principio central, y luego por la progresiva regresión, en los individuos, de toda sensibilidad e interés superior. A través de sucesivas caídas, la sociedad va perdiendo ese carácter tradicional y orgánico que la hacía armónica y ordenada a un fin superior. En la base de esta disolución encontramos también al individualismo, que conduce al atomismo social, al reino de la Cantidad, que, por un proceso lógico, conduce a lo subpersonal, lo colectivo, lo subracional. En tal circunstancia, apunta Evola, la tarea de llevar a la humanidad hacia una nueva manifestación de la idea orgánica y tradicional debe declararse hoy como imposible. Hoy sólo puede concebirse una acción, no sobre la base de los residuos del mundo de la Tradición que aún circulen en lo que sobrevive del mundo de la burguesía, sino a partir de un determinado tipo humano que, sobre la base de la voluntad pura y sin apoyos, tenga la capacidad de una autotrascendencia ascendente, en relación a la elección de una idea en estado puro. Una contribución válida a la definición de tal tipo humano la ha hecho Ernst Jünger a través de las figuras arquetípicas del trabajador, el anarca y el emboscado.
Por tanto, hoy no es tanto la simple arquitectura política lo esencial. No es la construcción del estado corporativo la "idea en estado puro" sobre la cual se debe articular una acción política. Ya lo apuntaba José Antonio Primo de Rivera en 1934: "¿Qué nos importa el Estado corporativo, que nos importa que se suprima el Parlamento, si esto es para seguir produciendo con otros órganos la misma juventud cauta, pálida, escurridiza y sonriente, incapaz de encenderse por el entusiasmo de la Patria y ni siquiera, digan lo que digan, por el de la religión?" Y continuaba, "mucho cuidado con eso del Estado corporativo, mucho cuidado con todas esas cosas frías que os dirán muchos procurando que nos convirtamos en un partido más... nosotros no satisfacemos nuestras aspiraciones configurando de otra manera al Estado". Entre paréntesis, hay que señalar que Primo de Rivera y la Falange Española le deben alguna de sus características, no tanto el fascismo italiano o al nacionalsocialismo alemán, como al tradicionalismo católico y en el caso específico de José Antonio, a su profesor Adolfo González Posada, de la más pura cepa del organicismo de izquierdas, procedente de Ahrens y Krause. El siguiente principio falangista" "Que vuelva a hermanarse el individuo en su contomo por la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos, que se llaman el individuo portador de un alma; la familia, el sindicato, el municipio, unidades naturales de conviviencia", está más cerca del lenguaje Krausista que del mussoliniano, según apunta acertadamente Fernández de la Mora. Del mismo modo, constatamos en Primo de Rivera un claro rechazo de los intentos de reconstruir el orden tradicional y orgánico a través de intentos totalitarios (aún cuando la Falange explícitamente se refiera en sentido positivo al totalitarismo). En el discurso de clausura del 2° Congreso Nacional de la Falange (Madrid, 17 de noviembre de 1935), critica por igual al anarquismo y al totalitarismo, al primero, por resolver la desarmonía entre el hombre y la colectividad disolviendo a ésta en los individuos; al segundo, por resolver el problema absorbiendo a los individuos en la colectividad. Al anarquismo la cataloga de "disolvente y funesto". Más benévolo con el totalitarismo (no olvidemos que, a pesar de sus objeciones, miraba con simpatía al fascismo italiano y al nazismo alemán), lo considera una solución "no definitiva", sólo sostenible "por la tensión genial de unos cuantos hombres". A la larga, afirma, se llegará a formas más maduras.
Respecto de las formas totalitarias del organicismo, que se llevaron a la práctica en la Europa de entreguerras y que en España y Portugal se prolongaron hasta la década del 70, revistieron diversas formas y estuvieron regidas por muy diversos principios ordenadores, por lo que es muy difícil referirse genéricamente a ellas. El fascismo italiano recoge en su idea de Estado la noción del "Estado ético" y de la "societas in interiore homine", desarrollada por el más importante filósofo italiano de la primera mitad del presente siglo, Giovanni Gentile. Este estado, esta sociedad no "entre hombres", sino "en el interior de los hombres", en que el trabajo (en el más amplio sentido de la palabra) niega el particularismo y el indivi-dualismo liberal y sitúa al hombre en su dimensión universal, se traduce en el estado corporativo fascista, desarrollado en su versión más depurada en la fase republicana del fascismo (1943 - 1945). Pero ya en 1921, el fascismo define a la nación y al Estado desde una perspectiva orgánica: "La Nación no es solamente la suma de habitantes del territorio, ni un instrumento que cada partido puede emplear para el logro de su objetos, sino un organismo que abraza a una serie ilimitada de generaciones, y dentro del cual cada individuo es solamente un miembro contingente y transitorio; la Nación es la síntesis suprema de todas las energías materiales y morales de la raza. El Estado es la expresión de la Nación". El Estado es para el fascismo la única exteriorización del contenido entero de la Nación. Desde luego, proscribe el fascismo toda forma de vida social o colectiva ajena al Estado: "Todo en el Estado; nada contra el Estado; nada fuera del Estado" (Mussolini). Según la expresión de Rocco, "el individuo en tan sólo un elemento transitorio e infinitamente pequeño dentro de un todo orgánico".
Las materializaciones institucionales de los regímenes antes expuestos, de uno u otro modo, bajo diversos prismas ideológicos o filosóficos, intentaron reconstruir el orden orgánico corporativo. Sin embargo, todas ellas naufragaron más por razones extemas que por causa de la dinámica misma de los sistemas. El fenómeno fascista histórico, en general, cometió los errores del totalitarismo, de la burocratización y de la transacción con formas institucionales antitéticas, pero no fue el corporativismo o la idea orgánica los que fracasaron. La guerra sepultó estas experiencias, o, en el caso de España y Portugal, momificó los regímenes, quitándoles toda sustancia de índole trascendente o revolucionaria, transformándolas en soñolientas burocracias que sobrevivieron a sí mismas, apoyadas en la inercia histórica y política o en el mando carismático de la figura superior (Franco y Oliveira Salazar).
El organicismo en la Post-Guerra
Las posteriores fórmulas nacionalpopulistas que surgen en la postguerra (Argentina, Egipto, Indonesia), de algún modo, menos explícito, buscan también interpretar la idea de la Nación como organismo. Perón y los trabajadores; Nasser y el Ejército más la idea del panarabismo como unidad histórica, étnica y religiosa; Sukarno y la unión de la idea nacional, la cuestión social y la religión (el Nasakom). Pero el corporativismo y la concepción orgánica, como formulaciones ideológicas, quedarán marcados con el estigma del fascismo. En la actualidad se vuelve a escuchar hablar de ellas, desde un plano sociológico, ideológicamente neutro. Y es que la sociedad, no obstante que las fórmulas democrático -liberales tiendan a imponerse mundialmente como una especie de uniforme, continúa estando estructurada como un organismo. Al cual la abstracción individualista o colectivista no le sirve como medio de representar su natural estructura. De ahí los "pactos sociales", los Consejos Económicos y Sociales, los "lobbies" de presión, que aparecen como estructuras paralelas a las estructuras parlamentarias formales. De ahí la fuerza que asumen las grandes confederaciones sindicales. La democracia liberal, para sobrevivir, debe generar válvulas de escape a la presión de la comunidad. Los partidos políticos buscan entonces transformarse en cauces para que los cuerpos sociales, o sus inquietudes, se canalicen. En un reciente artículo de Robert Steuckers (Vouloir, Bruselas, N° 56 - 57 - 58, Octubre - Noviembre 1989), se exponen las más recientes ideas sobre el tema, desde una perspectiva cognitivo - biológica. Se plantea, en primer lugar, un problema de carácter semántico: "Cuando se habla de organización, se debería enseguida pensar en "orgánico" y no simplemente pensar en un modo estático cualquiera de regulación estructural. En la acepción semántica del término "organización" las tradiciones filosóficas griega y alemán percibirán en conjunto la dimensión orgánica /somática/cognitivo-biológica en tanto que el grueso de la tradición sociológica norteamericana –que va con viento en popa desde 1945 -no ve detrás del vocablo "organización" más que un simple hecho de gestión mecánica, o un procedimiento de regulación sin resortes íntimos profundos". Por tanto, a partir de la concepción basada en la tradición europea, la lógica última de la organización se alimentará de una fuente interior, no impulsada desde el exterior; en la tradición empírica y mecanista anglosajona, la organización será la acción de un director de orquesta exterior.
Pero, siguiendo la tradición europea, la organización es un "organon", no una institución. Un sistema organizado según leyes interiores propias poseerá las siguientes cualidades: complejidad unitaria dinámica y procesual, no deteminada y autónoma, interactiva y haciendo referencia a sí misma. Tal sistema podrá ser una planta, un bosque, un proceso mineral o físico químico, una agrupación animal como un hormiguero, una manada de ciervos, un rebaño de búfalos, una tribu de simios o una sociedad humana. La organización no es jamás una jerarquía por la je-rarquía, ni un orden por el orden. No tiene una dimensión constructivista, eh un fenómeno procesual y no institucional.
En la actualidad, el enfoque orgánico apunta a comprender la dinámica de los sistemas, de modo de lograr que ellos sean entendidos no como procesos retroactivos estabilizantes, sino como "autoorganizaciones innovadores". Previa a esta etapa, el organicismo sociológico tuvo un matiz conservador. Contra la creciente opresión y el quiebre del expansionismo economicista y racionalista, el pensamiento organicista conservador de los años 20 y 30 pone el acento en la estabilidad de los órdenes naturales orgánicos y en su adaptabilidad constante. El principal foco intelectual del conservantismo organicista en indudablemente el austríaco Othmar Spann (1878 - 1950). Uno de sus biógrafos recientes, Walter Becker, resume sucintamente los reproches que Spann hace al liberalismo de Smith, Mandeville o Hayek. Su crítica se dirige especialmente a Hayek y ha influenciado todas las escuelas organicistas solidaristas, pertenecientes al movimiento cristiano -corporativista de anteguerra y, más parcialmente, al movimiento demócrata cristiano personalista de postguerra.
Para Spann y los organicistas, el mercado no es un "billar neutro" donde las bolas-mercancía y las bolas -servicios entrechocan, sino un terreno preciso, que varía según las circunstancias geográficas e históricas. Las circunstancias determinan las variables de toda acción económica: No hay pues acción económica standard, realizada por individuos standards, sino acciones económicas variables realizadas por individuos diferentes, es decir, diferenciados por las circunstancias espacio -temporales. Contrariamente a las afirmaciones de la escual neoliberal, para Spann y sus discípulos el agente económico no actúa solo frente a lo absoluto, sin un programa social (familiar, regional, nacional, corporativo, etc.) sino como representante de una red de intereses colectivos, de sentimientos compartidos, de móviles determinados por la historia, etc. En la óptica de Hayek, para hacer prosperar el orden económico es necesario actuar haciendo abstracción de todo contacto y sentimiento social y solidario y no hacer sino aquello que va en el sentido de los intereses de la propia individualidad. Para Spann, no existe el acto económico descontextualizado, desprendido de un tejido social preciso, que tenga su historia y su circunstancia. Pensar como Hayek es favorecer la dislocación de la economía y preparar el terreno para las tentativas de tipo marxista. La planificación surge necesariamente del enfoque organicista.
Pero no es el enfoque sociológico el que queremos destacar. Este enfoque muestra la multiplicidad de perspectiva que una cosmovisión orgánica puede entregar. El problema en la actualidad es, fundamentalmente, representar la complejidad de la sociedad. El principio de representación, que condenaba como ingenua y utópica toda pretensión de participación directa de los individuos en la cosa pública, ha caído víctima de los mismo argumentos que ha evocado contra sus adversarios, en primer lugar la incapacidad en dar cuenta de las dimensiones (no geográfico-espaciales, sino funcionales) asumida por los portadores de demandas frente al sistema político. Las políticas de tipo neocorporativo, adoptadas por la socialdemocracia y los gobiernos liberal - progresistas europeos, enfrentan esta esencial problemática. Con el término neocorporativo, en este caso, se indica un sistema de reglamentación de las relaciones sociales basado en la concertación entre gobiernos, empresarios privados y grandes sindicatos, con el objeto de incluir la parte social en la esfera de acción política estatal. Este modelo ha conocido una gran boga a partir de los primeros años 70 y, partiendo de Suecia, ha experimentado diversas traducciones en diversos países de Europa (Ej.: el pacto de la Moncloa, en España). Después de los primeros éxitos, se ha empantanado en sus contradicciones de origen, pues en definitiva deja fuera a la mayoría o a un gran número de actores sociales, reduciéndose a los grandes "carteles" empresariales y a las grandes confederaciones sindicales (Marco Tarchi: ‘La política dell'identitá. Crisi della democrazia e "nuovi movimenti"’ Trasgressioni N°6, Florencia, Italia).
En nuestro país, tras el fracaso político de la experiencia militar, las concepciones neocorporativistas que surgieron en la primera etapa del régimen y que se materializaron en los Consejos de Desarrollo Comunal (CODECOS), en los Consejos regionales de Desarrollo (COREDES) y, a nivel nacional, en el Consejo Económico y Social (CES), todos ellos, en la práctica, más cajas de resonancia de las autoridades locales, regionales o nacionales que cauces de participación orgánica, hoy se encuentran amenazados de rápida extinción. No obstante ello, subsisten las tendencias ncocorporativas al interior de algunos sectores de gobierno, en especial del llamado "socialismo renovado". Así, el Subsecrtario de Desarollo regional, Gonzalo Martner, al anunciar que el Gobierno presentaría en los próximos días un proyecto de reforma municipal, con el objeto de realizar elecciones directas de alcaldes durante 1991, anunció también que los CODECOS serían reemplazados por un Consejo Económico y Social a nivel Comunal, para que junto al Consejo Municipal preste asesoría a los alcaldes. Planteó que "parece pertinente que permanezca un Consejo de Desarrollo Económico y Social de carácter local, en donde estén presentadas de modo corporativo las distintas organizaciones vivas de la Comunidad". Precisó que este organismo y el Consejo Municipal permitirán que el Alcalde tenga "la posibilidad de establecer una estrecha relación de consulta y trabajo común con las fuerzas vivas de la Comunidad", y añadió que "lo que queremos es recoger la diversidad de las orga-nización territorial y la capacidad de acción de los vecinos".
Conclusión
En definitiva, no es resolver un problema de mayor a menor representación de intereses sociales o económicos el objetivo final de la idea orgánica. Despojada de su significado superior o trascendente puede fácilmente convertirse en una escuela sociológica o en una ideología neutra, más o menos eficaz como sistema para enfrentar la complejidad de los grupos humanos. Pero una sociedad que ha perdido todo principio ordenador y normativo, y que ha entrado en una etapa de involución acelerada, no puede retomar un camino de ascenso y de recuperación por obra de una técnica sociológica o ideológica. Resta entonces, para quienes no se sienten comprometidos con el actual proceso de disolución y en general, con los supuestos del mundo moderno, retener los principios ordenadores que inspiran la idea orgánica. Con Evola, podemos decir que, "en particular, podemos admitir un sistema de competencias técnicas y de representaciones corporativas para sustituir al parlamentarismo de los partidos; pero debe tenerse presente que las jerarquías técnicas en su conjunto, no puede significar nada más que un grado de la jerarquía integral: éstas se refieren al orden de los medios, que han de subordinarse al orden de los fines, al cual por tanto corresponde la parte propiamente política y espiritual del Estado. Hablar pues en un ‘Estado del trabajo’ o de la producción equivale a hacer de la parte un todo, equivale a reducir un organismo humano a sus funciones simplemente físico -vitales. Ni una cosa tal, obscura y obtusa, puede ser nuestra bandera, ni la misma idea social. La antítesis verdadera tanto frente a ‘occidente’ como a ‘Oriente’ no es el ‘ideal social’. Lo es, en cambio, la idea jerárquica integral. Respecto a esto ninguna incertidumbre es tolerable".
JOSÉ AGUSTÍN VÁSQUEZ M.
*Publicado en CIUDAD DE LOS CÉSARES N° 12, Mayo/Junio de 1990.