(i) Miguel
Serrano, o literatura e ideología
Miguel
Serrano es, qué duda cabe, un escritor controvertido. Merecedor, y
sobradamente, del Premio Nacional de Literatura -según juicios calificados-,
hay consenso en que no lo obtendrá jamás. Muy sencillamente, porque es nazi -lo que, se comprende,
constituye suficiente motivo de descalificación en cualquier lugar- y porque,
por añadidura, ha jugado sus malas pasadas al establishment cultural concertacionista. Sin embargo, habría que
agregar que, para sorpresa de muchos, tiene y mantiene amistades de los más
variados signos ideológicos; que no vive precisamente en un ostracismo, sino
que es a menudo solicitado tanto por los suplementos literarios de los grandes
diarios de la capital de Chile, como por las revistas culturales de izquierda. Sus Memorias, en fin, constituyeron en su momento un acontecimiento
histórico-literario (cf. comentarios en CC
46, 52 y 57). Pero que Miguel Serrano es problemático, "lo es".
Prueba
de ello es el último número de la revista Noreste.
Esta publicación independiente, que busca la poesía -por así decir- en la vida
de todos los días de los chilenos, nos regala una excelente entrevista a
nuestro autor, realizada por Cristián Warnken y Santiago Elordi, probablemente
una de las mejores que se le han hecho. La entrevista, por supuesto, se
mantiene en el plano literario, en el de las anécdotas personales, recuerdos de
H. Hesse o de C.G. Jung -y Serrano, fiel
a lo largo de los años a ciertos temas fundamentales, siempre tiene algo nuevo
que decir ("El hombre moderno
perdió el contacto con los dioses", Noreste
Nº 45, febrero 2002). Pero en las páginas que siguen, como para matizar algo
que pudiera ser muy fuerte, Warnken,
director de la revista, y Marcelo
Ríoseco, su subdirector, se cuidan de marcar sus distancias con el
entrevistado, cada uno desde su propio ángulo (Warnken, "No todo
calza"; Rioseco, "Miguel Serrano, ¿un escritor?"). Legítimo,
claro está, y comprensible. El punto
está en cómo se miden esas
distancias.
En Rioseco hay desde luego
respeto, casi admiración, por Serrano, escritor no menor -declara-, de talento,
a veces francamente notable. Pero no (sólo) un escritor, sino un ideólogo nazi a quien se debe tomar en
serio. Hasta aquí, diríamos, Rioseco tiene algo de razón: no siempre es posible
disociar al hombre de su obra, al artista del político. Sólo que enseguida nos
llama a no juzgar -en el caso de
Serrano- literariamente, sino políticamente. La admiración estética queda
excluída. La ética debe primar sobre la estética. Y es que las ideologías
tienen consecuencias, de la Revolución Francesa en más. Véase lo que hizo
Stalin a partir de los libros de Marx. De las no tan inocentes páginas del
"hitlerismo esotérico", Rioseco ve alzarse así la sombra de un nuevo
Auschwitz. El problema es que nuestro crítico parece conocer sólo la obra
tardía de Serrano, específica y explícitamente hitleriana, y no tiene nada que decir de la obra primera
(Ni por Mar ni por Tierra, La Flor
inexistente, Las Visitas de la Reina de Saba, etc.), en absoluto política.
¿Será que piensa que la parte "mala" contamina el resto, de acuerdo a
la hermenéutica de la sospecha practicada, entre otros, por Farías? Por lo
demás, con tal criterio quedarían pocos objetos de admiración inocente -obras
literarias, artísticas, filosóficas y hasta científicas-; bastaría con
identificar a sus autores como ideólogos marxistas, liberales, católicos, etc.
Salvo que se nos diga que algunas
posiciones ideológicas son más iguales que las otras -como los animales de
Orwell-; quien sea dueño de la ética,
sabrá discriminar. ¿Cuál es la conclusión, entonces: proceder contra las ideas
antes que éstas se transformen en actos? ¿Vería con alivio Rioseco que un
ayatola laico de la República emitiera su fatwa
condenatoria de Miguel Serrano y su obra?
Warnken, por su parte, defiende valientemente su amistad con Serrano
-la que, por lo visto, le ha significado ciertas cuentas por pagar. Defiende pues
los fueros de la amistad, que no sabría estar condicionada por lógicas ni por
conveniencias ni por opuestas trincheras políticas o ideológicas. Sostiene, una vez más, el valor literario de la obra de Serrano -de
acuerdo: lo mejor de ella no tiene que ver con el nazismo- y reivindica el
derecho a la admiración literaria, independientemente de las posturas políticas
de los autores; más aún, sostiene que el valor estético de un texto puede
desbordar su función ideológica o religiosa. Hamsum, Pound, Neruda, son
ejemplos a la mano, pero también algunos pasajes de la Biblia, "vengativos,
sangrientos, al servicio de un fanatismo etnocéntrico"; no obstante lo
cual, nadie negaría la universalidad del Eclesiastés,
el Cantar de los Cantares o Job. En todo ello, ¿cómo no estar de
acuerdo?
Mas,
¿necesita Warnken justificarse como un Daniel Baremboin interpretando a Wagner
en Israel (un acto de probidad artística que produjo escándalo)? La admiración
por el Serrano de Ni por Mar ni por
Tierra no requiere excusas, como tampoco las requiere la admiración por el
Knut Hamsum de Pan o de Hambre. En cuanto al otro Serrano, en un mundo que reclama
tanta diversidad, ¿no se le podría
aceptar simplemente como es? Y bien,
Warnken puede abominar del nazismo, pero no puede cerrarse a la
posibilidad de que Serrano vea en el nazismo otra cosa que lo que a él suscita horror. Quizás debería
preguntarse qué fue lo que vieron en aquél escritores y pensadores "no
menores" -Hamsum, Pound, Heidegger, Drieu la Rochelle y tantos otros-,
como para otorgarle su admiración o su adhesión en algún momento de sus
carreras. Si Warnken reivindica para sí el derecho a discutir, por lo menos, el
valor de la obra literaria de Serrano, ¿por qué no reconocer a Serrano mismo el derecho de discutir -al menos- las opiniones que corrientemente
se tienen sobre el nazismo? Pues a Warnken escandaliza la ceguera de Serrano al negar sistemáticamente el Holocausto; como si fuera un problema de
sensibilidad moral y no de crítica histórica. Cierto, Serrano no suele ser frío
ni objetivo al tratar de estos temas; después de todo no es un historiador
(como Warnken debería saber, los historiadores revisionistas discuten estos
temas..., en la medida en que aún cuenten con la libertad para hacerlo). Sí,
todos tenemos cegueras, como dice el director de Noreste; igualmente, diversos pueblos han pasado o pasan por sus
respectivos infiernos: no habría que ser unilateral al lamentarlos.
Si la legitimidad de un escritor
termina cuando comienza a incomodar a alguien, volvemos a la postura de
Rioseco. Ciertamente, cabría hacer diferencias entre los escritores
comprometidos -diferencias éticas o estéticas, como se quiera-; por ejemplo,
entre la militancia obediente de un Neruda y la admiración pura de Serrano.
Pero esto es ya otra materia. En cualquier estado de la causa, nuestros amigos
de Noreste, que cantan a la vida peligrosa, deberían celebrar
igualmente el coraje del viejo escritor que con la corrección política no quiere saber nada.
(ii) Tolkien, o las virtualidades del mito
El
verano chileno de 2001-2002 ha visto la exhibición de dos filmes basados en
sendas obras "de literatura fantástica": Harry Potter y la piedra filosofal y El Señor de los Anillos -La Comunidad del Anilo. Con el poder
amplificador del cine, el mundo maravilloso resurge o se pone de nuevo en el tapete de la actualidad
-por encima de la chatura de los "realismos" artísticos o literarios.
No
nos ocuparemos demasiado de Harry Potter. A juzgar por la versión fílmica, la
obra es una amalgama de temas (magia y alquimia); nos preguntamos si no
responde a la familiaridad de ciertos medios anglosajones con la brujería, que
culmina en el satanismo de Aleister Crowley (la alusión a "Aquel que no
puede ser nombrado" da que pensar). Pero no conocemos bien la serie
potteriana ni a su autora para emitir un juicio seguro. Sí observamos que el
ambiente de Harry Potter es el del mundo normal, burgués, actual (que supone
existentes la magia y los brujos); con toda su especialidad, la escuela de
Hogwarts no difiere mucho de un colegio inglés tradicional. En este sentido, la
obra de J.K. Rowling no tiene la capacidad evocadora, mitopoiética, de la de Tolkien.
Pues
en El Señor de los Anillos nos
encontramos real y coherentemente en otro
mundo: un mundo perdido de "ambiente" medieval, algo entre
Sigfrido y Arturo; mundo de reyes y caballeros, elfos y enanos, que se nos
presenta, sin embargo, "históricamente", dotado incluso de su propia
cronología. En esta capacidad de evocación mítica -si el mito es la
"historia sagrada", la historia del illo tempore, aquel "otro" tiempo, en términos de Eliade-
reside seguramente gran parte del éxito de Tolkien. Por el contrario, la película
representa -como suele suceder- un empobrecimiento: los combates son
truculentos, como en filmes del estilo de Gladiador;
dominan los efectos especiales, Aragorn se ve hasta humilde, sin la noble
hosquedad del Montaraz, etc. Los hobbits, en cambio, nos parecen los más fieles a Tolkien
(constituyen, por lo demás, como es sabido, la única raza inventada propiamente
por el autor).
Desde
su aparición, la obra de Tolkien invitó a la aplicación de diferentes
"claves" para su inteligencia: clave céltica, nórdica, ecológica,
tradicionalista, etc. (cf. sobre el tema Gondinet, "La revolución de lo
imaginario"; Severino, "El hobbit de Oxford" y Ontiveros,
"El lenguaje y la aventura", en CC
15, 1990; Rossi, "Tradición hespérica y realización lírica", CC 25 y 26, 1992). Vale la pena señalar
que, desde los años 70, la juventud neofascista europea se identificó especialmente
con los personajes y emblemas tolkienianos. No es raro, entonces, que, con la
exhibición del filme en nuestro país, hayan resurgido polémicas sobre la recta
interpretación del corpus tolkieniano
y en particular del Señor de los Anillos.
Así se ha discutido si la obra debe o no su inspiración al tema artúrico
(acertadamente, Daniel Soto mostró que
los símbolos tradicionales del Imperio y de la Mujer como Venus Victrix están presentes tanto en El Señor de los Anillos como en el ciclo
artúrico: Cartas a El Mercurio,
30/12/01). En parte reaccionando con razón contra la tolkienomanía, Rafael
Gumucio ("Corre el anillo", Las
Últimas Noticias, 8/1/02) retoma la acusación según la cual la obra expresa
la nostalgia -o la fantasía- de un mundo étnicamente puro (céltico, para él).
Interpretando en cambio a Tolkien dentro de lo políticamente correcto, Marcelo
Rioseco ("Gumucio vs. Tolkien", Noreste
45) responde que el mundo del Señor de
los Anillos no es "célticamente puro" -al contrario, "un muy
buen ejemplo de cruces raciales"-, ¡porque procede de una mezcla de las
mitologías anglosajonas con las célticas! Como si las (varias) fuentes de un
autor y la realidad que pinta fueran necesariamente lo mismo.
Otras lecturas buscan lo
profundo. El presbítero José Miguel Ibáñez Langlois (Ignacio Valente, en el
mundo de las letras) da su nihil obstat
a la obra del profesor oxoniense: no se trata -contra lo que han sostenido
algunos- de un mundo sin Dios ("Tolkien: ¿un mundo sin Dios?", El Mercurio 3/2/02). Si las referencias
religiosas están ausentes en la Tierra Media, es por una exigencia del género
maravilloso, nos dice el crítico-sacerdote. Sin embargo, la obra tiene
"substancia teologal", de una manera "supratemática y
total"; el contexto teológico de El
Señor de los Anillos es, en suma, evidente. Todavía más, el meollo
ético-religioso del mundo de Tolkien no se condice "con ningún otro
contexto que no sea el judeo-cristiano, el decálogo de la Alianza antigua y a ratos (destacado nuestro) el
Evangelio de la nueva Alianza".
Como
decíamos, cada uno aplica sus propias claves a una obra como la tolkieniana. En
estas páginas se ha presentado ya una interpretación escatológica del Señor de los Anillos, compatible con la
perspectiva cristiana (A. Rossi, loc.cit.);
pero con mayor fineza que el intento de Valente. Aparte del hecho conocido de
que Tolkien era católico -Valente
renuncia a sacar partido de ciertas afirmaciones suyas, por la buena
razón de que las opiniones de un autor no son la última palabra sobre una
obra-, aparte de eso, el argumento fuerte
es la cosmogonía narrada en El
Silmarillion: Eru o Ilúvatar, el Único, crea el mundo, de un modo, según
Valente, que se ajusta a la substancia cristiana de la creatio ex nihilo. Es verdad que, p. ej., en la tradición griega
más general, dioses y mundo son increados -éste sería el tipo de una cosmogonía
opuesta a la bíblica. Pero el Dios tolkieniano crea el mundo mediante la
Música; particularidad que no está en el Génesis
y que recuerda más bien el mito griego según el cual Zeus engendró a las Musas
para que el Cosmos pudiese ser alabado y estuviera así completo. Además,
Ilúvatar realiza la cosmogonía con el concurso de los Ainur, los Sagrados,
"vástagos de su pensamiento"; y la jerarquía de éstos, su papel
demiúrgico (como co-creadores del mundo), el detalle de que estén casados,
obligan a considerarlos dioses antes que simples ángeles. Se podría sugerir un
paralelo en el zoroastrismo, los Inmortales Bienhechores,
"arcángeles" que acompañan a Ahura-Mazda. Con todo, tal vez sea más
prudente concluir que la cosmogonía de Tolkien, como toda su obra, es fruto
libre de su imaginación -independientemente de sus fuentes- y que no
necesariamente refleja sus personales creencias religiosas.
Dios
o dioses, como sea, se han alejado en el mundo de la Tercera Edad (En El
Silmarillion hay alusiones a un culto, pero no desde luego en El Señor de los Anillos). Ni siquiera escuchamos
invocaciones del tipo "¡por Hércules!", que no hubieran violado
demasiado las reglas del género. Los seres divinos tampoco actúan
"providencialmente" -por lo menos, no de un modo que al lector
resulte unívoco. "A menudo el socorro llega de los débiles, cuando los
Sabios fracasan", dice Gandalf, previendo el papel fundamental de los
modestos hobbits; como presiente también el papel del repugnante Gollum en la
destrucción del Anillo. ¿La Providencia divina que actúa a través de los medios
menos pensados? ¿O la Fortuna, o el Destino, nociones que también se podría
invocar en este caso?
Por
otro lado, el Tiempo en la obra tolkieniana se articula cíclicamente en Edades
que se van sucediendo en una decadencia continua, desde los Divinos a los
Hombres; análogamente a los yuga
hindúes o a las Razas de Hesíodo. Cada Edad termina en una guerra catastrófica
y en una derrota de la potencia maligna; hay un recomienzo, una restauración,
pero también siempre, no obstante, un repliegue, un alejamiento del Origen. Los
Ainur abandonan la Tierra Media y se retiran hacia Occidente, al Reino Bendito
más allá de los mares; a su turno, los Elfos harán el mismo camino. La
descripción de la Tercera Edad deja una sensación de decadencia muy
avanzada -con la nostalgia
consiguiente-; la victoria final sobre las Sombras no evita la partida de los
seres maravillosos y la entrada plena en el tiempo de los Hombres (el tiempo
"histórico", diríamos). Si
Ilúvatar prevé reunirse con sus Hijos (Elfos y Hombres) en un Coro Final, en la
consumación de los tiempos, no se los deja saber. Esto da a los protagonistas
del Señor de los Anillos -Elfos,
Hombres, Enanos y aun Hobbits- una dimensión verdaderamente heroica,
épico-trágica, como la de los héroes de la Ilíada o de la saga germánica.
Es
sorprendente, por fin, que Valente no vea en el mundo de Tolkien otra moral que
la véterotestamentaria (y, sólo "a ratos", la cristiana). ¿Acaso las
nociones de Bien y Mal (o las equivalentes: Belleza-Fealdad, Verdad-Mentira,
etc.) dependen exclusivamente del Decálogo? Por lo demás, habría que
distinguir: entre los Hombres -tales Aragorn o Boromir, o los Jinetes de
Rohan-, de lo que se trata es de una moral heroico-caballeresca: la gloria de
una estirpe, el valor, el honor (que no vienen precisamente del decálogo
mosaico), se encuentran allí en primer lugar. Entre los hobbits se trata de una
moral común, "burguesa", sin grandes exigencias, de acuerdo al
carácter de este pueblo; pero que, por supuesto, sabe superarse y admite el
sacrificio, en Frodo, Sam y sus compañeros. El ethos de los elfos, en cambio, se aproxima a una forma de santidad,
como corresponde a su naturaleza semidivina. Podríamos hablar, entonces, de una
moral "trifuncional", en el sentido de G. Dumézil (las "tres
funciones" de los indoeuropeos). Nada más alejado de una moral
"universal", aunque el propio Tolkien haya opinado así.
Aunque
el drama cósmico de la obra de Tolkien pueda explicarse desde una perspectiva
cristiana; y aunque ciertos valores de los personajes del Señor de los Anillos coincidan con los cristianos, el mundo
maravilloso del maestro de Oxford no es en sí mismo -en sus textos- específicamente cristiano. Es un mundo sin dioses
visibles, como en los relatos artúricos o en las sagas germánicas; pero lo
Divino es, de algún modo, inmanente al mundo. Podría decirse, mejor, un mundo
"tradicional", en el sentido de Guénon y de Evola. Aunque seguramente
un mérito más de El Señor de los Anillos,
como de toda obra maestra, es el no ser reductible a una sola
"lectura" y estar abierta a nuevas interpretaciones, como las muchas
y errantes sendas que se ofrecen al hobbit aventurero.
AUSTRALIS
Publicada en Ciudad de los Césares N° 62, Abril/ Mayo de 2002