jueves, 21 de noviembre de 2013

PACÍFICO  MAGAZINE

Política y cultura alternativas
a comienzos del siglo XX





La Guerra de Sudamérica contra el Norte. Un poco conocido cuento de anticipación de Alberto Edwards” fue el  título de un artículo publicado hace ya algunos años en Ciudad de los Césares (N° 24, mayo/junio’92). Se trataba de “Julio Téllez”, obra de ficción del notable historiador, que imaginaba un conflicto armado entre una América del Sur confederada y Estados Unidos,  y que se publicó en la revista Pacífico Magazine (1913). De esta revista chilena que circuló entre 1913 y 1921, bajo la dirección (compartida) del propio Edwards, queremos hablar algo más en esta ocasión.



Alberto Edwards Vives (1873-1932) es considerado el mayor intérprete histórico del siglo XIX chileno, en particular a través de su obra La Fronda Aristocrática (1928). El recordado Mario Góngora lo llamó “el gran dilettante que con más riqueza de visión ha esbozado la historia de nuestro pasado republicano”, tomando la voz dilettante en el sentido no necesariamente negativo en que la usó el historiador Friedrich Meinecke, aunque aun en este sentido se ha discutido su propiedad (Adolfo Ibáñez). El autor de La Fronda fue también lo que hoy se llamaría un cientista político, un sociólogo y un experto en materias de hacienda pública y de estadística, además de parlamentario y ministro de Estado y –por otra vertiente- escritor, autor de cuentos policiales (dio vida a “Román Calvo, el Sherlock Holmes chileno”), de anticipación, de costumbres, etc. Junto al escritor Joaquín Díaz Garcés editó entre los años señalados la  mentada Pacífico Magazine, seguramente en su época la más “moderna” de las revistas chilenas. Díaz Garcés (1877-1921), por su parte, es conocido sobre todo por sus cuentos, algunos recogidos en Páginas chilenas (1907), y en los que cultivó, como Edwards, gran variedad de temas: el cuadro de costumbres urbanas, los cuentos de bandidos, los relatos de ambiente histórico (la Colonia, la Guerra de la Independencia, etc.). Periodista, contribuyó a la fundación de El Mercurio de Santiago (1900) y de Las Últimas Noticias, también de la capital, diarios de los que fue director; también creó la revista “de sociedad” Zig-Zag. Fue asimismo diplomático y director de la Escuela de Bellas Artes.
Díaz  Garcés
Los dos editores de PM integran, pues,  la llamada Generación del Centenario, junto a hombres como el economista Guillermo Subercaseaux, el historiador Francisco Antonio Encina, el educador Luis Galdames, o Nicolás Palacios, el autor de Raza Chilena.  Caracterizaron a esta generación las inquietudes nacionalistas y reformistas en variados órdenes, en una época en que se percibía en el país una “crisis moral” (Enrique MacIver) no menos que política, social y económica. Entre las proposiciones de esos autores están el proteccionismo económico y el fomento de la industria y de la marina mercante nacionales, la participación dominante de capital chileno en la explotación de las riquezas básicas (salitre, en la época),  políticas sociales enérgicas, especialmente sanitarias y educacionales, y también el reforzamiento del Poder Ejecutivo, para poner fin a la que el propio Edwards definió como “suave anarquía de salón”, el juego parlamentario oligárquico en la que todos los partidos chilenos se veían entrampados. Frente al doctrinarismo liberal, reducido por entonces al anticlericalismo, un realismo “sociológico” animaba a la joven generación. Parte de ésta vio sus aspiraciones plasmadas en el Partido Nacionalista (1913-20), que –lejos de ser “conservador”, por lo demás- fue en ese momento sin duda el más avanzado de los partidos chilenos (cf. “Nacionalismo, tradicionalismo, conservantismo”, CC 31, julio/oct. ’93;  “El primer nacionalismo chileno”, I Encuentro de la América Románica de Política y Cultura Alternativas, CC 45, Otoño ’97).
 Edwards  Vives
Eran dos figuras señeras de la nueva generación las que emprendían, así, la publicación de PM, en calidad de “directores-propietarios”, aunque parece claro que la orientación política era de Edwards, quien escribía además buena parte de las páginas, con o sin su propio nombre. Aparte de sus cuentos, Díaz solía escribir artículos humorísticos, bajo el pseudónimo Ángel Pino. Desde luego PM no era una revista marginal: bien impresa (sólo después de la Guerra europea tuvo que renunciar al papel couché), ilustrada y con fotografías, usualmente reproduciendo a todo color en sus portadas algunas obras de pintores de la época, contaba con varias páginas de anuncios económicos, entre ellos los de algunos bancos y casas comerciales. En una época en que la política era asunto de caballeros, es claro que la iniciativa de Edwards y de Díaz contaba con algún respaldo en los círculos sociales dominantes. No se piense que PM era una publicación “nacionalista” en el sentido que esta idea ha tenido después en Chile. Ni dominaban en ella los temas políticos que, con todo, tenían su lugar. De manera significativa, el primer número de PM (enero de 1913) esbozaba en su comentario editorial –presumiblemente debido a Edwards- la situación general del país (“Chile en 1912”): allí apuntaba la necesidad de la reforma electoral, de un gobierno parlamentario sólido, de una legislación sanitaria; denunciaba la desorganización del ejército, criticaba  la influencia de los ideólogos en la vida política, y concluía preguntando para afirmar:



¿Por qué agoniza nuestra marina mercante antes tan floreciente? ¿Por qué mientras las playas insalubres de la América tropical se han convertido en países sanos, penetra en el nuestro la fiebre amarilla, y conservamos un índice de mortalidad comparable tan sólo al de los fatídicos pantanos del Ganges? ¿Por qué no somos capaces de resolver (...) los problemas internacionales pendientes? (...) ¿Por qué, en fin, ningún problema se resuelve, ninguna institución se mejora, no se reforma ningún resorte político o administrativo? –Porque falta el instrumento. Tales trabajos necesitan de uno, y se llama gobierno. Forjar ese instrumento indispensable del progreso social, es la nueva necesidad política. Bienaventurados los hombres y los partidos que sepan llenarla.



Lo cual es ya todo un programa de acción política. Mas PM es sobre todo una publicación cultural: en ella se encuentran cuentos de los dos editores, desde luego, entre los cuales estaban el “Julio Téllez” y las andanzas de Román Calvo, ya citados; y también colaboraciones de jóvenes escritores y poetas que adquirirían nombradía en Chile: Fernando Santiván, Augusto d’Halmar, Daniel de la Vega, Manuel Magallanes Moure, Eduardo Barrios, Hernán Díaz Arrieta..., además de reproducciones de autores extranjeros, de Poe a Villiers de l’Isle-Adam, a Wilde y Conan Doyle. Como en literatura, en arte las preferencias de la revista estaban por los valores consagrados ya en la generación anterior (Puvis de Chavannes, Sorolla o Rodin), mientras que publicaba una crónica llena de dudas sobre la contemporánea pintura futurista; mas al mismo tiempo celebraba a artistas chilenos que triunfaban (el pintor A. Valenzuela Llanos o la escultora Rebeca Matte). Del mismo modo, podía destacar la representación del Parsifal en Bayreuth o a una pianista nacional de mérito, la joven Rosita Renard. Alcanzaron también notoriedad jóvenes artistas que solían ilustrar sus páginas, el pintor Pedro Subercaseaux o el dibujante Coke. En verdad, PM se proponía “levantar en alto todos los ejemplares de la raza chilena” que sobresalían en distintos campos, como decía a propósito de uno de los mártires de la aviación nacional, el piloto Luis Acevedo (rendía homenaje también a otro de ellos, el teniente Alejandro Bello). Asimismo en la revista se publicaban entrevistas o semblanzas de figuras mayores como “el mejor historiador (chileno) viviente”, el arzobispo Crescente Errázuriz, Gonzalo Bulnes, el historiador de la Guerra del Pacífico, o el bibliógrafo José Toribio Medina. A ellos se aproximaban los jóvenes con admiración y algo de reverencia y piedad patriótica, como a compatriotas tales que –seguramente pensaba PM- ya no los había en las nuevas generaciones. La presentación del arzobispo Errázuriz era característica:



Merece un retrato de Velásquez, por el carácter acentuado de su fisonomía, por el vigor de su mirada, por la pura raza española de la mejor época de España que respira su figura de prelado del siglo XVII (...). En nuestras  tierras se encuentran aún esos tipos de españoles que hacen venerar la madre patria, y que se encuentran tan raramente en ella.



Mas igualmente se podía leer una entrevista al escritor peruano Ricardo Palma, de quien se decía que no recibía a chilenos (por la pérdida de su biblioteca  en la entrada de las tropas chilenas en Lima en 1881), hecha por el poeta Jorge Hübner Bezanilla. Los horizontes culturales de PM eran evidentemente hispanoamericanos.
Hacer a modo del inventario de la realidad nacional era un objetivo principal de esta revista. La agricultura, los bosques, la minería o la industria, el trabajo en las explotaciones salitreras o el trabajo de la mujer, ocupan con frecuencia sus páginas. Calculando la capacidad agrícola de distintas porciones del territorio chileno, Edwards concluía que éste podía albergar casi cuatro veces la población de entonces, es decir más de 12 millones de personas, en condiciones análogas a las de Francia. La conclusión implícita era el desaprovechamiento de las condiciones naturales del país. Un gráfico podía mostrar cómo en 1885 habían entrado en los puertos chilenos barcos por un tonelaje total de 5.649.000 toneladas, de las cuales el 42% correspondían a barcos de pabellón chileno, en tanto que en 1910 el tonelaje entrado era de 25 millones de toneladas, pero sólo el 24% de ellas eran de pabellón nacional. La marina mercante chilena, en términos comparativos,  retrocedía: “¡Y seguimos durmiendo!”. En general, se observaba en otra parte, la tierra de Chile pertenecía a los chilenos, a diferencia de lo que ocurría en algunas repúblicas americanas, como Panamá, donde todos los elementos de la producción estaban en manos de extranjeros. “Sin la independencia económica, la libertad política es un fantasma vano”, advertía. Sin embargo,  el “Chile nuevo”, esto es, las regiones ocupadas y colonizadas en los últimos 30 años, no pertenecía a los chilenos sino a medias. Agotado su vigor, éstos no habían sido capaces de retenerlo, como habían retenido la herencia de sus padres. El capital extranjero era dueño de la mayor parte de la industria  salitrera en el extremo Norte y de la tierra en el extremo Sur, salvo, en este último caso,  en lo que se refería a las posesiones de una empresa privada chilena (la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego). La presencia del capital extranjero, principalmente en el salitre, el cobre o el hierro era, así, mirada con inquietud, aunque no rechazada en absoluto. A diferencia del inmigrante, que daba origen a una familia que arraigaba en el suelo que la había acogido,  el capital permanecía extranjero y formaba sólo factorías. Por lo menos, en el caso del hierro, se debía exigir como condición a los inversionistas (norteamericanos, en el evento) que cierta proporción de los puestos directivos de las explotaciones quedase en manos chilenas. Así se salvaría uno de los aspectos más odiosos que estaba asociado en América latina a la introducción del capital sajón: el desprecio por el nativo. Y en una época en que la “globalización” (avant la lettre) era, como hoy, la moral  internacional invocada, decía el redactor (Carlos G. Ávalos):



La  práctica de nuestros ideales nacionales debe consistir no sólo en apresurarnos a formar parte efectiva del concierto de las sociedades civilizadas del mundo, sino también el de (...) formar parte de ese concierto con fondo y fisonomía propias, originales, no como producto de un cosmopolitismo sin antecedentes propios.



Con todo, no había en PM un antinorteamericanismo  de principio. William Braden, fundador de la gran compañía productora de cobre, tenía admiradores. Y las razones del éxito norteamericano en abrir el canal de Panamá podían verse en “la escuela, el hogar y la higiene”. La admiración por la pujanza y el espíritu de trabajo yankees era también parte del espíritu de la época, contrapartida de la condena del materialismo norteamericano que José Enrique Rodó había cantado en su Ariel (1908).  
Por lo tanto, savoir vivre. Una rúbrica especial era “La felicidad en la vida modesta”, a cargo del propio Edwards. Allí se trataba de enseñar el secreto de una vida sobria, sobre la base de pocos recursos, pero con decoro y holgura; una ciencia casi enteramente ignorada en estos jóvenes países de la América del Sur, opinaba el redactor. El mal ejemplo venía de arriba, en una sociedad en que la única distinción era el dinero. Mal gusto, falta de sentido práctico y despilfarro campeaban por todas las clases sociales. Europa, en cambio, debía su bienestar al talento, laboriosidad y sentido de economía de la ménagère, la dueña de casa. “No es allí la mujer una máquina de gastos, ni una muñeca perfumada y cubierta de afeites”. El vestido, la habitación, el mobiliario y la comida, baratos y dignos, eran problemas que Edwards abordaba, y prometía  recetas de cocina, sopas para una familia entera que no excederían de un costo de 10 centavos: “Los Menus del PM serán baratos (...), pero nutritivos y harto más sabrosos que muchos platos caros a que nos hemos habituado”. En definitiva, y como F.A.Encina y tantos otros –en lo que llegó a ser un tópico de la sociología criolla-, Edwards echaba de menos en la sociedad chilena una clase media (él decía “burguesía”) emprendedora y sobria, con aptitudes industriales, capaz de colaborar con la antigua clase dirigente agraria en la transformación del país, o aun de reemplazarla. Y si el nacional era desplazado por el extranjero en el comercio y la industria –opinaba, entrevistado en PM, Tancredo Pinochet Le Brun, otro ensayista de nota en la generación, y director entonces de la Escuela de Artes y Oficios-, si era así, se debía precisamente a la cultura libresca que dominaba y a la falta de educación técnica. Convengamos, por fin, que un viaje a Europa (que, incluyendo teatro y diversas entretenciones, no debía costar más de 4.270 francos, calculaban los redactores) no estaba seguramente entre las inquietudes de las familias “modestas”; pero la revista se preocupaba también de la higiene popular (“Bañemos a nuestros niños, bañemos a todo nuestro pueblo”), de la situación  del  inquilino (trabajador agrícola) o de las habitaciones obreras.
    Los temas políticos tenían que ser, con todo, los favoritos de Edwards. Algunos de sus artículos en PM iban a ser recogidos posteriormente en sus obras menores (Páginas históricas, La Organización Política de Chile). El 80° aniversario de la Constitución de 1833 fue celebrado en un número cuya portada lucía el retrato de Mariano Egaña –alma del peluconismo- por Mandiola. La naturaleza de las cosas tiene horror a los cambios bruscos, se decía allí. Los constituyentes de 1833 crearon, pues, un Jefe Supremo de la Nación conforme al modelo monárquico de la época colonial. Así dieron vida  un régimen singularmente apto para conciliar los intereses del orden con los de la libertad; tal se vio también en la historia política de Inglaterra. Mas, los ideólogos –los reformadores liberales- se empeñaron en arruinar ese régimen. Se decía de éstos en 1916:



Son unos hombres que profesan doctrinas o porque las leen en los libros o las forjan en su imaginación, pero que desdeñan observar a su país y darse cuenta de si son o no aplicables a sus costumbres y a su adelanto social. La práctica no vale nada para ellos. Los hechos se estrellan contra el cerebro del ideólogo. Fracasan sus sistemas y no piensan por un momento en que pueden haberse equivocado y atribuyen todo el mal a que los hombres se han echado a perder de repente, se han vuelto malos y egoístas, porque las cosas no funcionan como ellos se habían imaginado.



Realismo pues, de acuerdo a una constante que define toda una tradición de pensamiento político, de Maquiavelo a Burke, a los sociólogos del siglo XIX y últimamente a  Spengler; tradición en la cual bebió Edwards. Y proseguía nuestro autor:  en la actualidad, el país sigue llamándose liberal, pero este liberalismo no responde a ninguna doctrina política; reducidos los ideales del liberalismo a meras palabras, cuando alguien se levanta en nombre de un verdadero principio político, como el de la restauración de la autoridad, se dice de él que “no tiene doctrinas”. ¿No será hora de que el país se agite por un objetivo nacional?, pregunta. Formular este objetivo nacional es, implícitamente, la tarea de PM,  como –de modo explícito-, del Partido Nacionalista. Y cuando lo peor se produzca, ya se sabe, Edwards va a adherir a un “dictador de espada” (Ibáñez) a quien agradecerá “la reconstrucción radical del hecho de la autoridad” (cf. La Fronda aristocrática).
        La política internacional chilena es también inquietud de PM. En momentos en que Chile enfrenta dificultades en las relaciones con sus vecinos –la cuestión de Tacna y Arica con Perú, la herida abierta en Bolivia por la pérdida del litoral en la Guerra del Pacífico-, Edwards se atreve a proponer la unión aduanera con el último país. No es que en la revista no se favorezca posiciones “duras” de Chile en estas materias. Mas, en verdad –admite nuestro autor-, no hay intereses comerciales encontrados entre los países de América del Sur, y sí entre éstos y Estados Unidos; es más, cada latinoamericano ve en el otro una especie de hermano frente al europeo y al americano del norte. La unión aduanera entre Chile y Bolivia puede mostrar los resultados favorables que hay que esperar de la unión de todas las jóvenes repúblicas; disipada la “quimera del libre cambio”, el fortalecimiento común de las naciones asociadas es el objetivo, y una unión tal  puede ser el paso previo para una confederación, así como el Zollverein fue el antecedente de la unificación alemana.
     Supuesto más o menos explícito de lo anterior es el avance del imperialismo norteamericano. La revolución mexicana y la intervención de EE.UU. en México motivan al respecto una toma de posición. Un comentarista (Luis Aldunate) se remonta a los orígenes del conflicto: el régimen de Porfirio Díaz había permitido a EE.UU. consolidar su preponderancia política y económica en la nación mexicana. Mas al fin mostró veleidades de independencia que resultaron inaceptables para EE.UU. La caída de Díaz se debió, entonces, en pequeña parte a los vicios de todo gobierno despótico, pero muy principalmente a los factores externos; la intervención norteamericana será decisiva en los posteriores acontecimientos mexicanos, hasta culminar con el desembarco armado en Veracruz (1914). EE.UU. invoca, en definitiva, el derecho que en todas las épocas se han atribuido los pueblos fuertes; lo que está por verse es si, frente a México, se contentará con una “tutela amistosa”, como la de Inglaterra sobre Portugal, o irá hasta una “toma de posesión”, como la misma Inglaterra en Egipto, o Francia en Túnez y Marruecos. Todo esto debe hacer meditar a América del Sur:



Sería menester cerrar los ojos a la luz para no ver en los acontecimientos que hoy se desarrollan en Méjico el propósito decidido de conquista política o comercial que dirige los actos de los gobernantes de Washington. Y ese propósito no es de hoy, viene de antiguo, y esos gobernantes, ya sean demócratas o republicanos, no son sino los dóciles instrumentos de la voluntad nacional que tiende a la absorción de Méjico y de las pequeñas repúblicas de la América Central, que sueña con la dominación del Mar Caribe (...).

El imperialismo yanqui, que se ha infiltrado ya en las Antillas y en la América del Centro, extiende ahora sus tentáculos en Méjico y, desde Panamá, se alzará mañana formidable frente a las Repúblicas de la América Meridional.





Sin embargo, con la Guerra Europea se advierte una relativa escasez de pronunciamientos políticos en PM. Se debe ello probablemente a que tanto Edwards como Díaz tienen en esos momentos otras responsabilidades, políticas, administrativas o diplomáticas. Abundan en estos números las fotografías de la guerra, los comentarios tienen un énfasis humanitario y procuran ser equilibrados. En la posguerra, se acentúa el carácter literario y “social” de la revista; aparecen fotografías de damas y debutantes “de sociedad”. La elección presidencial de 1920, que marca una época en la historia de Chile, apenas merece comentario. Evidentemente, PM cumplió su ciclo y eso explica su desaparición en 1921.
Con todo y haber estado tan condicionada por las circunstancias de su momento, la revista que hemos presentado tiene un interés no sólo pasajero. Los primeros años del siglo XX veían una sociedad con abismantes diferencias sociales, el roto que una generación atrás había ganado la Guerra del Pacífico, hundido en la miseria sin esperanza de las grandes urbes y de los campamentos mineros; el liberalismo constitucional versión francesa parecía esterilizar las imaginaciones y las voluntades, especuladores y sindicatos extranjeros se adueñaban de la riqueza del país y la fibra nacional se debilitaba ante las ideas de humanidad y de civilización, equivalentes de lo que hoy es el mundo globalizado. PM fue expresión de una generación que supo reaccionar a su modo ante tal estado de cosas y plantear –en el terreno de la política como en el de la cultura- las ideas que iban a estar en el debate de todo el siglo. Próximos a comenzar otra centuria, sorprende comprobar cuán actuales siguen siendo algunos de los problemas y de sus respuestas.


E.R.

(*Erwin Robertson) Publicado en Ciudad de los Césares N° 52, Marzo/ Mayo de 1999.

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