miércoles, 24 de julio de 2013

Heidegger y el Nazismo


PENSAMIENTO E HISTORIA

APUNTES A PARTIR DE LA CUESTIÓN DE HEIDEGGER Y EL NAZISMO (*)


R

ecientemente la cultura europea ha vuelto a ocuparse de aquello que, a ojos de los contemporáneos, aparece como el enigma de la adhesión al nazismo de Martin Heidegger[1]. La cuestión, más allá del sensacionalismo periodístico, se presta a alguna profundización que queremos intentar; no antes, sin embargo, de haber recorrido la documentación relativa al debate en Italia.
Todo ha comenzado con la publicación, en Francia, del volumen Heidegger y el Nazismo (ed. española, Barcelona, 1989), en el cual el autor, Víctor Farías, sostiene y documenta la tesis de que el filósofo alemán no habría dejado nunca de ser un secuaz de la ideología nazi. En efecto, desde siempre se sabe que en 1933, en el momento en que llega al poder en Alemania el partido nacional-socialista, Heidegger es elegido rector de la universidad de Friburgo y pronuncia un famoso discurso titulado La auto-afirmación de la universidad alemana, en el que, entre otras cosas, a propósito del nuevo curso alemán, se dice. “La majestad y la grandeza de esta irrupción la entendemos por entero recién cuando nos dirigimos hacia aquella honda y amplia disposición reflexiva desde la cual expresó la antigua sabiduría griega la palabra (...) todo lo grande se yergue en la tormenta”[2]. Sin embargo, al año siguiente dimite de su cargo, lo que parecía demostrar su apartamiento respecto a la consolidación del Reich hitleriano. Farías, en cambio, subraya que Heidegger permanece inscrito al partido nacional-socialista hasta su caída, comprometiéndose activamente, y llega hasta entrar en el terreno de su pensamiento declarando: Martin Heidegger era lo que se podría llamar un nazi espiritualista; lo que los propagandistas nazistas decían del “Blut und Boden”, la sangre y el suelo alemanes, él le decía a propósito del espíritu y de la lengua alemanes (...) Quería una segunda revolución de orden espiritual paralela a la política (...). Verdaderamente ha buscado un fundamento filosófico para el nacional-socialismo[3].
En estas líneas se sintetiza ya todos los términos del enjuiciamiento, las cabezas de proceso: excluida inicialmente la eventualidad de cualquier profundización teórica, se detienen en la superficie, y ni siquiera en esta superficie logran encontrar algo comprometedor, sino arrimándola groseramente al presunto verbo nazi, sobre el cual ya de décadas está decidido el juicio. Los intentos de defensa que se han sucedido no han pretendido, de hecho, dudar de tal juicio, cuanto distinguir el pensamiento heideggeriano de ese verbo horrendo, separando artificiosamente ética y filosofía, en la medida en que nuestro autor tuvo la desdicha de convivir con la Alemania del III Reich.
Gianni Vattimo, en La Stampa, habla directamente de incoherencia: la doctrina de Heidegger no tiene nada que hacer con el nazismo, su práctica política y moral sí[4]. El mismo día, en las páginas centrales de La Republica, Pier Aldo Rovatti, mientras exalta los efectos de la libertad del pensamiento heideggeriano, denuncia la ilusión, la “síndrome” del gran profesor alemán; mientras precisa que si Heidegger ha pensado en alguna “superioridad” filosófica del pueblo alemán, tenía en mente sobre todo a Hölderlin y la indicación hacia un pensar-poesía no exento de tragicidad que encontraba en sus versos, pone en guardia contra el “síndrome de verdad” que se anida en la idea misma de filosofía, doliéndose que no exista una caución tranquilizante, un antídoto filosófico, visto que las “contradicciones” de Heidegger nos hacen ver cuán peligrosa y mistificante puede ser una cercanía muy estrecha entre filosofía y realidad histórica. Lo que es como dolerse de no-poder-impedir a los intelectuales comprometerse partidistamente en la historia con la parte equivocada. Bien entendido, nadie se duele si el intelectual se hace “orgánico” y actúa en nombre de aquellos ideales tan poderosamente vencedores desde hace al menos dos siglos: libertad, paz, igualdad, democracia, progreso, racionalismo, humanitarismo; pero si un intelectual se compromete contra la corriente, entonces hay que correr a los refugios y proferir anatemas contra el mal compromiso. De dónde a nadie es dado el levantarse a protestar contra afirmaciones que fundamentalmente niegan a un pensador el derecho de tomar posiciones siguiendo la naturaleza propia y el propio pensamiento; ni nadie podría descubrir en esto la más obtusa contraposición a una configuración rigurosa en la historia del propio proyecto intelectual: el desprecio por la cultura, está decidido desde siempre, es nazi. Si tal es hoy día el nivel de libertad de discusión, por cierto que es preferible en su coherencia (en la misma página de La Republica, un poco más arriba) la “requisitoria” de Jürgen Habermas, el cual, sobre las posiciones anti-irracionalistas del Lukacs del Asalto contra la Razón, precisa que el pasado nazi de Heidegger no es, en realidad, externo a su pensamiento filosófico y condena las “respuestas seudorevolucionarias” suyas y de Schmitt, de Benn, de Jünger, en nombre del proyecto incumplido, no fracasado, de emancipación del hombre formulado por la Ilustración.
Destino y Técnica
El mismo 24/10 también Vittorio Mathieu, en II Giornale, se ocupaba del caso Heidegger, proponiendo una defensa en términos bastante correctos, que llega a aludir a las raíces de los mitos nacionalsocialistas: Heidegger fue atraído por la retórica “de la sangre (alemana) y del suelo”, cultivada por lo nazis. Pero los nazis no la habían inventado; la habían tomado de los románticos políticos, que interpretaban a su modo una tradición. Su conclusión, sin embargo, no sale del tipo de la defensa por distinción forzada: ...admitido que la ideología nacional-socialista sea algo, la filosofía de Heidegger es auténtica y no tiene absolutamente nada que ver con aquélla. En todo caso, es ya positiva aquí la admisión de la eventualidad de alguna consistencia ideológica del nacional-socialismo.
También el semanario católico II Sabato interviene en el debate por sus buenos dos números consecutivos y, estamos obligados a notar, en ambos casos con notable agudeza: el nazismo fue muy otra cosa que un bloque monolítico (...), es necesario reconocer que hombres incluso de alta estatura intelectual y moral saludaron en los primeros años su advenimiento; casi como para responder a la siguiente pregunta del redactor que, entre obvios lugares comunes, de algún modo abre un respiradero a la problematicidad: el affaire Heidegger repropone el tema de un horizonte cultural y de pensamiento que germinó en Alemania a comienzos de siglo y del cual el nazismo fue un producto bárbaro. ¿El éxito del nazismo, su atrocidad, legitima un juicio de general barbarie que involucre itinerarios intelectuales y adhesiones más o menos convencidas y oportunas? En el número siguiente escribe Carlo Sini (quien, por lo demás, se permitió en 1983 publicar y utilizar para su curso universitario un ensayo poco conocido de Alfred Baeumlcr, de antes de llegar a ser el ideólogo del nazismo); la contribución fundamental del profesor milanés es la invitación al cuidado y a la serenidad intelectual sobre una cuestión demasiado compleja y además trágica como para desembrollarla emotivamente en pocos compases. Lanzar acusaciones genéricas de "nazismo" (el cual se asocia inmediatamente en el imaginario colectivo con los campos de exterminio) equivale a operar un linchamiento moral y no un análisis crítico.
En L'Europeo del 7/11/87 de nuevo Vattimo plantea el problema no peregrino del nazismo como destino: es verdad que su idea de que la existencia sea siempre “lanzada” en un horizonte histórico-lingüístico se prestaba a ser interpretada como una apología del orden social existente: el nazismo para los alemanes, el comunismo para los rusos, la organización capitalista para los norteamericanos, parecían un “destino”... (“II maestro cattivo”). Tema retomado por Emanuelle Severino en la entrevista publicada en Panorama del 8/11: si el fundamento último de la realidad es dejar hacer los acontecimientos, no hay nada que hacer contra el acontecimiento nazismo (...); para Heidegger es siempre conceptualmente válido un nudo que se remonta a Hegel: en un individuo no tiene sentido ponerse en contra del propio tiempo. Así como por Nicola Abbagnano en II Giornale del 20/11, en el artículo “Un raggio di luce”: acaso la aceptación que Heidegger hace del nazismo que imperaba en Alemania en su madurez no fue otra cosa que el reconocimiento de un destino, que sólo el destino mismo pudo cambiar.
La mayoría de las intervenciones examinadas parecen captar no reduccionísticamente la complejidad de este concepto heideggeriano, que no puede de modo alguno ser confundido con fatalismo o pesimismo o alguna posición interna a la querella metafísica sobre el libre arbitrio de la creatura. E igualmente, la casi totalidad de los insignes articulistas relaciona justamente el carácter de destino del acontecimiento nazi con aquél más esencial y general del advenimiento de la técnica. Por ejemplo, Severino, en la entrevista citada: Heidegger (...) dice que la “movilización total” de la que habla Jünger (...) es el terreno del nacional­socialismo. Heidegger ha visto siempre el nazismo como una de las formas más rigurosas en las que se expresa la esencia de la civilización de la técnica. O bien Umberto Galimberti: lo que Heidegger vio en el nacional-socialismo fue el primer surgir de esa dimensión, que luego devendrá mundial, constituida por el despliegue total de la técnica[5]. Ahora bien, indudablemente ante este advenimiento Heidegger no se plantea con una actitud crítica moral; en 1959 escribe: lo que es verdaderamente inquietante no es que el mundo se transforme en un completo dominio de la técnica. Mucho más inquietante es que el hombre no esté en realidad preparado...[6]. Cierto, empero Heidegger no es propiamente un fautor de este recodo epocal; dice en efecto, perentoriamente: es necesario refutar el equívoco que supone que yo esté contra la técnica; pero agrega: en la técnica, quiero decir en su esencia, veo que el hombre está bajo una potencia que lo desafía y frente a la cual no es más libre[7].
En el conjunto, a nosotros nos parece poder destacar a este propósito una maniobra, tal vez inconsciente, de este tipo: Heidegger habría visto siempre la relación entre el nazismo y la civilización de la técnica, “destino” no auspicioso; esto lo substraería de derecho a la acusación infamante de pensador nazi. La defensa aquí, de nuevo, está fundada sobre la distinción entre nuestro filósofo y la malvada ideología nazi. No obstante, aquello de lo cual un tal opinar no se da cuenta es que, al inicio, Heidegger vio propiamente en la revolución nacional-socialista una posibilidad única, consistiendo la verdad íntima y la grandeza de este Movimiento en el encuentro entre la técnica asumida en dimensiones planetarias y el hombre moderno[8]; estas palabras son de 1935. En la entrevista con Der Spiegel de 1966 el filósofo alemán dice: en 1936 comenzaron mis lecciones sobre Nietzsche. Todos aquellos que tenían oídos para entender entendieron que ésta era una discusión con el nacional-socialismo[9].
El hecho es que, en una primera fase, Heidegger considera de verdad que con el nacional-socialismo se dé históricamente la posibilidad de conquistar una “relación suficiente”, esto es, adecuada, con la esencia de la técnica, como se explicita agudamente en el artículo, en nada defensivo, de Stefano Zecchi, "Affascinati dal 'grande indietro'", en II Giornale del 20/11/87: ...no hay duda de que enseguida encontró insuficiente (sólo insuficiente) la acción política nacional­socialista (...) El nacional-socialismo –dice todavía en el 66- marchaba sí en esta dirección; pero esa gente era demasiado desprovista desde el punto de vista del pensamiento... Zecchi se siente además en el deber de precisar que Heidegger no ve ningún otro sistema político en grado de afrontar la cuestión esencial, llegando a afirmar, en la entrevista del 66: No estoy convencido que sea la democracia. Con lo que Zecchi entiende mostrar el espíritu reaccionario, si bien genial, de este intelectual, emparejado a Ezra Pound y Gottfricd Benn, Céline y Jünger y no pocos otros. Fascinados por el "gran regreso", como decía de ellos Klaus Mann...
Aparte de la contextualización moralista, Zecchi dice cosas particularmente correctas, acaso justamente porque no quiere defender a Heidegger sino invitar –lo que de veras es notable- a buscar la comprensión de ciertos recorridos intelectuales extraviados, incluso en su negatividad. Por cierto, no es igualmente correcto preguntarse si, para Heidegger, Hitler podía ser aquel dios que, sólo él, nos puede salvar, según la expresión heideggeriana; aquí Zecchi va a la zaga de la vulgaridad de Otto Poggeler: este dios o “semidiós” es concebido por Heidegger según el modelo del Cristo de Hölderlin y le aparece, por consiguiente, como un héroe fatal a nosotros destinado. Si Heidegger, observa Poggeler, hubiese recordado el Credo de Nicea (donde, entre otras cosas, se dice que Cristo es como el Padre y no “sometido al destino”), habría tenido dificultades para aplicar tal modelo a Hitler[10]. Estas son estupideces, refinadas y elaboradas estupicedes; la exaltación de un guía (Führer) por parte de un cierto Heidegger es equívoca, pero se puede interpretar menos fantasiosamente.
Para permanecer en nuestro problema específico y cerrar esta primera parte, podremos decir justamente lo contrario de Vattimo en el artículo "II pensiero di Heidegger più forte di chi lo accusa"; Heidegger mismo se malentiende, cuando cree poder aliar su revolución con la de Hitler[11]. No fue de hecho Heidegger quien se malentiende respecto del nacional­socialismo y de las posibilidades que éste abría, sino que fue el nacional-socialismo el que malentendió su tarea y quemó, en el propio naufragio populista, lo que nosotros entendemos como la posibilidad de poner resolutivamente la cuestión del valor después del nihilismo. En todo caso el profesor alemán, incluso frente a la manifestación histórica de esta inadecuación esencial, de esta fatal incapacidad nazi, no comete para nada el error de abandonarse al resentimiento; con las lecciones sobre Nietzsche intenta una discusión con el nacional-socialismo; obsérvese, no contra, sino con el nacional-socialismo. Si hoy está decidido que una discusión tal no se puede abrir, porque no se admite ninguna dignidad de interlocutor en la criminal ideología nazi, todo el trabajo ético y teórico de Heidegger, más allá de forzadas contraposiciones, se escapa fundamentalmente.
Etica y filosofía                                               
En lo que se ha dicho hasta ahora son ya reconocibles las posibilidades de las varias partes en esta especie de triste proceso a Heidegger. La línea de la acusación, que tiene su exponento más lúcido en Habermas, se liga a la originaria dureza post-bélica del juicio de Theodor Adorno: ¿Heidegger? No es necesario dedicar a su pensamiento un análisis específico y temático. Su lenguaje filosófico, verdadero y propio testigo de cargo, lo denuncia pesadamente. Es una jerga de rasgos inequívocamente fascistas. No más de cinco años, y el pensamiento de Heidegger será completamente redimensionado[12]. Aparte de la falacia de la profecía, la posición véteromarxista es rigurosa. Los intelectuales alemanes de tendencia liberal (Hannah Arendt y, en parte, Karl Jaspers), en cambio, son propensos a conceder atenuantes con la tesis: de una parte su pensamiento, cuyo valor y cuya originalidad no pueden ponerse en duda, de otra su error, humano y en definitiva privado, aunque grave[13]. Aquí estamos ya en la línea defensiva por distinción que, entre los italianos, tiene en Vattimo su más apasionado sustentador; pero ahí están también Mathieu y Humberto Galimberti: ¿pero a la filosofía corresponde la tarea de testimonio existencial? Y, en defecto de ésta, ¿debemos desconocer intuiciones y pensamientos?[14]. Y muchos otros aún.
En este panorama defensivo más bien homogéneo es preciso señalar la peculiaridad del bello suelto de Ugo Volli, que hasta ahora conocíamos sólo como crítico teatral: “Proccesiamo anche questi?”, en el Europeo del 7/11/87. El tono aquí, como está bien que sea, está más próximo a la requisitoria antifascista que no al tipo común de defensa, aquí como ya en la intervención de Zecchi. Desda nuestro punto de vista, en realidad es bastante más lesivo para la figura de Heidegger, hombre y pensador, el fundar su defensa sobre la distinción entre actitud ético-histórica y pensamiento teórico, que el considerar estrictamente asociadas la gravedad de las proposiciones intelectuales y la intervención socio-política, aunque sea para rechazar ambas como no correspondientes a la propia visión del mundo. Esto no significa, evidentemente, reducir Heidegger al nazismo, como comprender en su contexto epocal el significado de una precisa opción, sin contaminar esta indagación con prejuicios éticos privados y subjetivos. El riesgo en realidad grande es perpetuar, incluso en el ámbito de las aproximaciones periodísticas, un grave y común equívoco hermenéutico respecto de la ontología heideggeriana: esto es, que no obstante las óptimas intenciones existenciales de Ser y Tiempo, aquélla, de algún modo, deja aparte lo contingente por un interés metafísico no humano. Es ésta, por ejemplo, la opinión de Nicola Abbagnano en el artículo citado: la filosofía de Heidegger ha querido decididamente, ya en su primera, ya en su segunda fase, reducir la vida cotidiana del hombre a una apariencia secundaria y fugaz que no puede tomarse en serio. De esta filosofía pueden, por ello, aprehenderse muchos aspectos importantes de la vida. Pero no se puede, a partir de ella, llegar a comprender el valor humano de la vida misma. Cómo y porqué la ontología heideggeriana no excluya de hecho la atención esencial a la contingencia humana, en un sentido, empero, absolutamente no humanista, es tema demasiado complejo y específico para enfrentarlo ahora; podemos solamente citar la precisa respuesta del mismo pensador alemán a este preguntar equívoco: ... la idea de fondo de mi pensamiento es exactamente ésta: el Ser, y por tanto la relatividad del Ser, necesita del hombre; y viceversa, el hombre es solamente en cuanto está en la relatividad del Ser. En consecuencia, la pregunta hasta qué punto yo, ocupándome del Ser, he olvidado al hombre, podría ser cancelada. No se puede poner cuestiones acerca del Ser sin poner cuestiones acerca de la esencia del hombre[15]. Resulta, por consiguiente, de la máxima gravedad teórica, además de ética, escindir para los propios fines la existencia y la esencia de Heidegger.
Retornemos a Volli, quien, en su intervención, hace un discurso general sobre la “derecha” y no cita siquiera propiamente a Heidegger, sino subraya bien cómo ciertos intelectuales no se han encontrado por casualidad en el lado negro de la barricada. Son herederos de De Maistre, de Nietzsche, de Vilfredo Pareto, de una tradición de grandes reaccionarios que se han esforzado por perpetuar en el nazismo y también después. La conclusión no es muy lejana en el tono de la de Zecchi en “Affascinati del 'grande indietro'”: adversarios, entonces, no culpables; con los que discutir y a los que enfrentar por aquello que han buscado coherentemente ser: en “revuelta contra el mundo moderno”. Pero el texto de Volli en su conjunto, la franqueza con que se habla de la cultura de “derecha” y de su ineludible dignidad, son notables de verdad. Además se capta agudamente la contraposición entre Györyi Lukacs y su análisis despiadado y estalinista del “irracionalismo” como raíz del nazismo, y Benedetto Croce, para quien los fascismos habían sido incidentes, no tenían raíces en el cuerpo profundo de Occidente. Por consiguiente, una cultura fascista o, peor, nazi, propiamente no ha existido. El primero, en su “estalinismo”, ve bien la naturaleza del propio enemigo, desde el punto de vista teórico y político, aunque, obviamente, para condenarla; el segundo niega la peculiaridad de esta naturaleza, niega dignidad intelectual a un cierto tipo de corrientes políticas, ostentando una obtusidad cobarde particularmente insoportable.
Muy diversa, la defensa de Severino, en la entrevista a Panorama: si, como acontece, se refuta toda definitividad de la verdad, ¿entonces, qué valor tiene la condena de la violencia, y por tanto de la violencia nazi? (...) La violencia condenada es la violencia derrotada (...). El error político viene a equivaler al modo de pensar y de actuar del vencido. El genocidio es error político y ético porque sobre la tierra ha vencido el tipo de sociedad que lo rechaza (...). La crítica que ciertos sectores de nuestra cultura hacen a la violencia nazi es la crítica de la violencia enmascarada a la violencia explícita. El discurso severiniano es aquí complejo y remite evidentemente a sus vastos y originales horizontes de pensamiento; para lo que estamos diciendo, nos importa notar que una tal toma de posición, que a alguno aparecerá poco más que paradójica y provocativa, tiene el mérito de plantear la cuestión en forma prospectiva, rompiendo con las categorías fundamentales que, más o menos ocultamente, mueven siempre y siempre anticipadamente deciden cualquier argumentación nazi-fascista. Si nuestra contemporaneidad fuese por lo menos capaz de enfrentar la discusión a partir de tal prospectividad, si bien para llegar infaltablemente a esa condena que hoy la época nos destina a proferir respecto de nuestro reciente pasado histórico-político, tal punto de partida –que ve la conexión inextricable entre la voluntad de verdad y la voluntad de poder- sería ya verdaderamente una posición iluminada. En todo caso no nos podríamos acercar a esa verdad que Severino o Heidegger diversamente miran, pero al menos se llegaría a reconocer de qué modo continuamos moviéndonos en un horizonte gnoseológico inmutado hasta hoy, e idéntico a aquél en el que nos movíamos antes de la reciente guerra, y de antes aún en el continente europeo; aquello que Heidegger, refiriéndose a la "ciencia política" nacional-socialista, en el memorial dedicado a sus meses de rectorado, define como una versión doctrinaria en verdad muy grosera de la comprensión nietzschiana de la esencia de la verdad del conocimiento[16]. La verdad como potencia, apunto nietzschianamentc; asunto al cual hoy ni el comunismo soviético, ni el capitalismo norteamericano occidental escapan, como no escaparon de él los movimientos nacional-revolucionarios de la primera mitad de nuestro siglo, por lo menos en sus éxitos históricos.
En la misma entrevista a Panorama, Severino señala también el “mal carácter” de Heidegger, a diferencia de Giovanni Gentile (...) que era en cambio, un hombre bueno, generoso (lo cual no salvó a este último –de quien también Vattimo admite que en la práctica fue siempre generoso de ayuda y asistencia a colegas y amigos perseguidos por motivos políticos o raciales[17]-de ser muerto como un perro). Y agrega que Heidegger se ha adecuado al propio tiempo con un carácter áspero. Vittorio Mathieu precisa: Heidegger oculta poquísimo su escepticismo acerca de la posibilidad de que el gran público así como su interlocutor, sus colegas profesores, los filósofos, llegasen a entenderlo. Había en él una suerte de desprecio (...). Por eso algunos lo odiaban (y todavía lo odian) (...), y es explicable que quien no captaba el sentido “ontológico” de este discurso, se resintiese de ello[18].
Será tal vez una extravagancia personal nuestra, pero tene­mos la sensación de que aquél del “mal carácter” es un nego­cio en absoluto irrelevante en la cháchara que se continúa haciendo en torno a Heidegger, y no excluímos de hecho que haya sido también esto lo que movió a Jaspers, viejo amigo de Heidegger, de quien describe efectivamente el mal humor (.,.), la índole silenciosa (...), humor inconstante, casi hostil[19]; Jaspers, que en 1945, frente a la comisión aliada de desnazificación, sostiene la tesis de que Heidegger debía ser privado de la facultad de enseñar. Se puede abrir un paréntesis no sólo de algunas líneas sobre este procedimiento de victoria verdaderamente inaudito de parte de los aliados, que promueven “comisiones de desnazificación” en las universidades alemanas, en vez de imponer brutalmente su poder dominante; hay algo insano en todo esto, no normal, una trampa oculta, una presunción de justicia, de democracia, que se quiere dar a entender que es impuesta por su propia verdad intrínseca fundada sobre otra cosa que sobre la brutal prepotencia militar: aquello que, en estilo mucho más grande, acaecía con el famoso “proceso de Nurembcrg”. A este género de vejaciones gravísimas, porque enmascaradas de solicitud ética y edificante, preferimos sin más la manifiesta e inconfundible violencia de los civiles armados y organizados en bandas partisanas (hablábamos poco antes del asesinato de Gentile...), paralela y correspondiente a la nazi-fascista y, en otro lugar, no diversamente, a la soviética. Pero volvamos a nosotros.
Sacerdotes   y   Conductores
Estamos aquí hablando de una actitud existencial específica de Heidegger, aquel su conducirse de modo apartado que señalaba Sini, su eremitismo en la choza de Todtnauberg: lo que, desde nuestro punto de vista, desempeña un papel no irrelevante en su filosofía, apenas se piensa en el uso, de significado teórico y no sólo formal, de las metáforas agrestes heideggerianas: la raíz del Ser, los Holzwege, los senderos por los que los hombres de los bosques se adentran para buscar leña, los senderos interrumpidos, el hombre como pastor del Ser, etc. Empero, hablamos aquí también de lo que parece una peculiaridad común a quien se ocupa de filosofía: una actitud diferente al comportamiento social, indicada con el dedo y mal vista; la desconfianza de las comunidades humanas, la incomprensión que se muda en resentimiento; Kierkegaard en Copenhague, blanco de las sátiras de los gaceteros, como al principio Sócrates, retratado burlescamente en Las Nubes de Aristófanes. Es ya Platón, en el Teeteto, quien hace cuestión de esta irreductible distancia entre el “sano buen sentido” y la reflexión teórica: “Ahí tienes, Teodoro, el ejemplo de Tales, que también observaba los astros y, al mirar al cielo, dio con sus huesos en un pozo. Y se dice que una esclava tracia, con ironía de buen tono, se burlaba de su preocupación por conocer las cosas del cielo, cuando ni siquiera se daba cuenta de lo que tenía ante sus pies”[20].
En verdad, en este punto, a través de un detalle de caracterología y justamente con esta última cita platónica, hemos llegado inadvertidamente al corazón del problema, que no se refiere simplemente a la vida privada de don Martín Heidegger, ni menos la bagarre periodística a la que ha placido hilvanar allí, sino más bien a la diada con que presuntuosamente hemos querido titular estas notas: Pensamiento e Historia. Y Platón precisamente, la biografía de Platón, nos introduce al término de la indagación.
En un contexto diferente, nos habíamos ocupado ya de esto en nuestro "Avviamento ad una (ri) lettura di Cavalcare la tigre": el pensamiento, decíamos, es esencialmente una aventura privada, que raras veces parece tocar la historia, como lugar de acontecimientos públicos por excelencia; con todo, no faltan correspondencias fundamentales entre uno y otro ámbito, pero no se debe olvidar de qué modo Occidente se abre a la propia esencia marcando incialmente la desgracia política del filósofo Platón. Umberto Galimberti acerca abiertamente esta vicisitud a la heideggeriana reciente: Heidegger no había tenido nunca una sensibilidad política; su adhesión al nacional-socialismo está probada, pero el sentido de esta adhesión está mucho más allá del hecho, como la República de Platón está abisalmcnte más allá del Estado que el filósofo ateniense pensaba fuese posible realizar en Siracusa con el tirano Dionisio. El pensamiento filosófico está siempre más allá de los hechos y la actualidad histórica no es jamás criterio de juicio[21]. Es necesario agregar asimismo que también Platón pagó caro tales euforias políticas, hasta arriesgar directamente, parece, la vida.
En Italia, en el último siglo, también nosotros hemos tenido un caso ejemplar de relación embrollada entre intelectual y Estado: nos referimos a Julius Evola, de cuyo fascismo nadie está hoy dispuesto a dudar y que plumarios tratan pacíficamente de torvo nazi antisemita, dedicado a un ocultismo de opereta. Pues bien, éste en 1928 publicaba Imperialismo pagano (subtítulo: El fascismo frente al peligro euro-cristiano), delineando un programa revolucionario que invistiese el plano de la visión fascista de la vida hasta enfrentar el problema de la compatibilidad entre fascismo y cristianismo[22]. De qué modo el radical y riguroso pensamiento anticristiano evoliano fue acogido en los altos niveles del ya consolidado régimen, es cosa sabida: al año siguiente Mussolini firma con el Vaticano los famosos Pactos Lateranenses y a Evola no queda mas que permanecer aparte como intelectual de fronda políticamente irrelevante, en una condición esencial de retiro muy próxima a la heideggeriana. Reducir la incomprensión del proyecto evoliano a un mero problema de corrientes (Evola precisa que sólo por error “se supone que el libro fuese el producto, no de una especie de capitán sin tropas, sino de una importante corriente del fascismo de la cual yo era el jefe”)[23]; así como conectar la vicisitud de Heidegger únicamente a la liquidación de la SA de Röhm significa no entender la gravedad de la cuestión que tales biografías proponen. La cuestión, justamente, del intervalo entre Pensamiento e Historia, a cuya elaboración queremos intentar encaminarnos en forma aforística.
El Tiempo es un río, pero no tiene fuentes y no conoce mar. El río fluye, pero el agua no tiene ninguna dirección; todo gira y se rompe en ondas inconmensurables. Constreñidos en el  fondo  como moluscos, seres ciegos se agitan.
El solo movimiento, sin embargo, no ayuda a esclarecer el abismo; más bien ayuda el levantarse para ver, entendiendo o fantaseando, indiferentemente, el orden táctico.
De este modo el Pensamiento dispone la Historia; un Pensamiento que se hace guerra, construcción, potencia, invención y ciencia.
La originaria disposición de la Historia como universalidad de  aquello que es hecho,a   través   de   un   pensar-distinguiendo-valores, es  por  necesidad  vaciada  en  el olvido.
 Viene así a la luz un contraste del cual no se da razón.
Los   hermanos   enemigos,  el   sacerdote   y   el   conductor, combaten y cada uno vence en un propio terreno,  sin que haya colisión.
El sacerdote escribe, el conductor traduce, pero sin traducción no puede haber lectura.
Por tal vía toda época traiciona, traduciéndolos, a aquellos que en la contemplación solitaria   hacen posible las civilizaciones.
Las civilizaciones generan monstruos, los Estados; y los monstruos devoran sus propios excrementos.
El sacerdote es hoy el pensador proscrito, el filósofo malvado, estiércol maloliente del cual se nutre.
El proscrito es  encerrado en  un  estercolero que es una torreada prisión de marfil; pronuncia palabras que vuelan alto,  para  las  cuales  los asnos  no  tienen  orejas  bastante largas.
Las frases del proscrito son incomprensibles, de ellas uno se arriesga a ocuparse sólo en el especialismo asumido como profesión; cualquier dilettantismo a  su  respecto es inconcebible.
Luego está el salón, cámara mundana donde los pensamientos se pudren en los hocicos de los animales que se exponen a la vista.
En todo caso, las palabras volantes no son para nada las cosas firmes de la realidad; esto grita la voz del mercado.
De este grito se hace eco Carlos Marx cuando escribe: “Los filósofos han solamente interpretado, de modos diversos, el mundo; lo que hay que hacer, es transformarlo”. A lo que Heidegger, con palabras plenas y perfectamente concluyentes, dice: “Al citar esta frase y al seguirla se pasa por alto que una transformación del mundo presupone un cambio de la representación de un mundo, y que una representación del mundo sólo se puede lograr cuando se ha interpretado suficientemente el mundo”[24].
Heidegger  Nazi
Evidentemente la bagarre mueve y es posible por el hecho de que Heidegger, particularmente en Francia, ha llegado a ser ineludible; pero el alemán es un filósofo de “derecha” y esto, para la cultura “democrática” y de “izquierda”, es un problema. Así, a lo más se han ocupado, y Farías sobre todo, de indagar las conexiones efectivas ente Heidegger y el régimen hitleriano, entendiendo en esto la cuestión esencial. Desde nuestro punto de vista tal indagación es insignificante, porque en estos términos uno no se dispone de hecho a una confrontación serena con aquello que fue, no sólo históricamente, sino intelectual y teóricamente, el fascismo en perspectiva epocal. Dejamos de lado, por consiguiente, el entrar en el mérito de los hechos que probarían o no el compromiso nazista de Heidegger, para ocuparnos rápidamente, antes de concluir, del pensador nazi. El intento es, con el poco material disponible, de abocarse a los textos absolutamente, sin escurrirse en la confrontación escurridiza con el acontecimiento histórico nacional-socialista.
Hemos sostenido y estamos seguro de la coherencia en todos los niveles del pensamiento heideggeriano, pero,
abriendo esta última sección, estamos obligados a citar ese paso de la entrevista de 1966, en la que, a la pregunta sobre una frase de 1933, Heidegger responde: “Cuando asumí el rectorado tenía bien claro que sin compromisos no lo hubiera hecho. Las frases citadas hoy ya no las escribiría. Cosas semejantes no las he dicho más ya en 1934”. Es un pasaje fatigoso, entre los poquísimos del género al interior de las lúcida evaluaciones heideggerianas, y está para indicar que el mismo filósofo tenía conciencia de haberse, en alguna ocasión, salido de medida; no tanto, bien entendido, por haber debido aceptar compromisos, sino por haber escrito lo que, aun contextualizándolo, hoy no escribiría, -parece decirnos Heidegger. Esto evidentemente no nos lleva en realidad a imaginar, como dice Jaspers, un "Heidegger afectado también él por la droga nazi"[25]; son, de cualquier modo, detalles que ayudan a la profundización teórica a no extraviarse.
Leamos algún fragmento de La autoafirmación de la universidad alemana: “...aquella misión espiritual que mete el destino del pueblo alemán en el entramado de su historia (...) que la queremos en tal auto-delimitación y nosotros mismo nos autofirmemos en tal querer (...) los conductores y guardianes del destino del pueblo alemán (...) Esta voluntad es una verdadera voluntad (...) Este pueblo hará su destino en tanto ponga su historia en lo manifiesto de todos los poderes conformadores del mundo de la existencia humana”[26]. El Heidegger que habla aquí, ciertamente, es distinto de aquel que estamos habituados a conocer; habla siempre de destino y de historia alemana, pero insiste extrañamente en términos como “voluntad”, “afirmación”, “actuar”, “forjar”, casi como si destino e historia pudiesen reducirse a determinaciones humanas en las que cuentan solamente “los poderes (prometeicos) conformadores del mundo de la existencia humana”. Se trata manifiestamente de un Heidegger que tiene aún que ajustar cuentas con el voluntarismo nietzschiano, que debe todavía evaluar la profundidad de lo que se entendía superficialmente como “voluntad de poder”. Sin embargo, indudablemente, es un Heidegger que no yerra el camino, que se mueve y habla respondiendo a la llamada de aquella posibilidad que ve relampaguear en la obscuridad de la decadencia, posibilidad de superación y de victoria, en una palabra Überwindung; ante un tal relampagueo, con Karl von Clausewitz afirma: “Yo me desprendo de la esperanza frivola de una salvación proveniente del azar”[27]. Y puesto que “la libertad suprema consiste en darse a sí mismos la ley del propio actuar”[28], actúa según una esperanza responsable en la dirección de la decisión: la decisión interviene “a medida que se logre reeducar lo intocado del pueblo..., sustrayéndolo de la gastada condición burguesa y de la inofensiva indiferencia frente al Estado, en vista del querer común en la voluntad de Estado del Nacional-socialismo”[29].


Igualmente indudable es que de modo muy rápido las responsables esperanzas heideggerianas hayan sido frustradas, en parte incluso por la vía de hechos vulgares e insignificantes (choques entre universidades, falta de autonomía, cuestiones de corrientes, el antisemitismo, etc.); Heidegger emprende así su “discusión con el nacional­socialismo”. El pasaje famoso, ya citado, de la Introducción a la Metafísica, de 1935, es importante no sólo porque marca un alejamiento respecto a “aquella que es divulgada hoy como filosofía del nacional-socialismo”, sino porque muestra los términos de la nueva y más auténtica comprensión heideggeriana de este acontecimiento, estrechamente relacionado a la “técnica asumida en dimensiones planetarias”[30]. Con esta clave, alcanzada una visión lúcida de la relación entre voluntad de poder y el advenimiento de la técnica, Heidegger se ocupará de releer a Nietzsche, aludiendo así, discretamente, a una interpretación positiva de su nictzschianismo superficial. Nosotros, sin embargo, osamos aventurar que Heidegger no habría podido jamás llegar a la ineludible profundidad de su interpretación del mundo de la técnica sin el nacional-socialismo, y sin su empeño arrojado de pensador nutrido de la belicosidad helénica expresada en la máxima "Todo lo grande se yergue en la tormenta" (Sturm, tormenta o asalto, n. CC).
OM  AR*

 Publicado en Ciudad de los Césares  N° 14, Septiembre de 1990. 
Originalmente en la  revista Orion N° 41, Feb. 1988. Saluzzo, Italia.


*Pseudónimo de Omar Vecchio (1962-2000), escritor, paracaidista y alpinista italiano, fundador y redactor de la revista Orion, muerto el 31/7/2000 escalando el Diran Peak en Pakistán.
  







[1] Se trata de un interés cíclico: utilizaremos, ademas de los textos que se citan, los publicados en l'Espresso en 1977, donde la misma cuestión de hoy era, no diversamente, objeto de cháchara.
[2] Publicado en español en: Marcos García de la Huerta, La Técnica y el Estado moderno, Santiago, U. de Chile, 1980. De los discunos rectoriales de H., CC publicó (N° 9) el “Entrenamiento en el conocimiento nacional-socialista”, tomado de la misma obra.
[3] “Nuove accuse contro Heidegger", en La Republica 18/10/87.
[4] “Difendo Heidegger”. 24/10/87.
[5] “Forte maestro debole nazista", en II Sole-24 ore, 8/11/87.
[6] Cit. en U. Galimberti, “Professore, dica 33”, en Panorama 20/9/87.
[7] H. en entrevista del profesor R. Wisser, pub. en García de la Huerta, op. cit.
[8] Introducción   a   la   Metafísica, ed.   Nova.  Bs.  Aires,  1969, p. 234.
[9] Pub. en Europeo 7/11/87
[10] Sergio Givone. “Fino a dove era complice”, en Panorama 8/11/87.
[11] En La Stampa 21/11/87.
[12] Cit. en “Fino a dove...”
[13] Ibidem.
[14] “Forte maestro”
[15] En entrevista de R. Wisser..
[16] Pub. en Epoca 23-29/11/87.
[17] “Difendo...”
[18] “La filosofia non ci potra salvare”, en II  Giornale 20/11/87.
[19] De la Autobiografía política de K. Jaspers. en L'Espresso. 1977
[20] Téeteto. 174 ac
[21] “Professore...”
[22] Evola,   II    cammnino   del    cinabro. cit. en Imperialismo pagano. Ar, Padua 197S, p. VII.
[23] Ibidem, p. VIII.
[24] En la entrevista de Wisser.
[25] Jaspers, en  L'Espresso. A él H. habría dicho,. a propósito de la falta de cultura de Hitler: "La cultura no cuenta, mira en cambio sus manos maravillosas", íbid.
[26] En García de la Huerta, op. cit.
[27] Ibidem.
[28] Ibidem.
[29] “Palabra de advertencia al pueblo alemánico”, en García de la Huerta, cit.
[30] Cit. en nota 2.

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